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LAS FLORES NO HABLAN, TRANSMITEN: La Naturaleza como fundamento totalista y revolucionario
«A menudo la espina produce tiernas rosas».
Ovidio.
«Si tan solo pudiéramos ver el milagro de una sola flor, nuestra vida entera cambiaría».
Buda.
«Sed como la flor, volved vuestros rostros hacia el sol».
VISIÓN SIMBÓLICA DE LA NATURALEZA
En el mundo tradicional, todo elemento de la Naturaleza -atmosférico, animal, vegetal, mineral, etc.- era susceptible de una interpretación simbólica, portador de un valor trascendente y metafísico, algo que la subversión moderna, racionalista y mecanicista rompió (en Occidente sobre todo desde el derrumbe de la ecúmene medieval y la llegada del demonismo humanista); efectivamente, el advenimiento de la Modernidad, en líneas generales, supuso la ruptura del hilo conductor divino, del «Cordón Dorado» que unía sacralmente al Hombre con el entorno natural y con el Cosmos; el Microcosmos era una imagen del mismo Macrocosmos. En el mundo tradicional, en las civilizaciones sagradas y en las sociedades arcaicas, «todo animal u objeto es portador de un poder del que el hombre puede adueñarse en su propio interés por vía analógica» (Antonio Medrano). El Mito, el Rito y el Símbolo eran los Ejes Cosmovisionales, las guías existenciales de toda civilización rectamente ordenada, jerarquizada y virilmente orientada hacia lo alto, así como de toda verdadera REVOLUCIÓN que se precie y aspire a construir un verdadero Orden Nuevo, una verdadera «vuelta al origen» («la originalidad es la vuelta al origen», decía Gaudí), la restauración del «hombre primordial», la búsqueda constante de lo Absoluto; o como decía nuestro gran perennialista patrio Antonio Medrano en un maravilloso artículo dedicado al simbolismo sagrado y metafísico de los indios de las praderas norteamericanos:LA CONQUISTA DE LA FUERZA SOLAR. «En la cultura tradicional, todo objeto o acto es símbolo de una realidad superior. Todo animal, ser o fuerza de la naturaleza es portadora de un poder, encarnación de una fuerza suprasensible, reflejo de un principio metafísico, que el hombre puede atraerse y realizar en su ser» (A. Medrano); y así fue en nuestro maltrecho Occidente, al menos hasta el desmoronamiento de la civilización medieval, especialmente en su etapa griálica y gibelina antes de imponerse la odiosa tiranía judeo-güelfa y el repugnante teocratismo lunar y sacerdotal hacia el siglo XIV, que dinamitaría los cimientos del Sacro Imperio Romano-Germánico y que prepararía el terreno para el advenimiento de la subversión moderna con sus humanismos igualitaristas, sus cientifismos materialistas y racionalismos a cuál más aberrante y contra natura: entramos de lleno en la «Tierra Baldía» de las leyendas artúricas, la pérdida simbólica del Santo Grial, la espada rota simbolizando la ruptura de la unidad, de la autoridad y del orden jerárquico dando paso a la división, la disgregación y la dispersión…
EL LIBRO DE LA NATURALEZA
«El gran libro siempre abierto y que hay que hacer el esfuerzo de leer es el de la Naturaleza; los otros libros han sido extraídos de éste y además contienen las equivocaciones y las interpretaciones de los hombres», decía el genial arquitecto Antoni Gaudí (1), de ahí que en la doctrina tradicional, especialmente en su vertiente más sapiencial, esotérica e iniciática, la transmisión de la sabiduría, del conocimiento metafísico, iban más allá de la palabra escrita, el verdadero iniciado no confía en la letra, no se siente ligado a ninguna de esas escrituras que, en la mayoría de los casos, no son otra cosa que simples registros o notas carentes de vida; sólo tienen valor y sentido cuando son susceptibles de una interpretación alegórica, simbólica, iniciática y metafísica, y no meramente literal, histórica o exotérico-social (como ocurre, por ejemplo, en los sistemas religiosos de origen semítico tan perniciosos y criminales para la cosmovisión indoeuropea, donde la verdadera experiencia de lo sagrado es sustituida por una religiosidad puramente devocional, ginecocrática y sumisa hacia una deidad oscura de corte tiránico, asfixiante, controlador y sanguinario, punto de arranque de todo tipo de subhumanidad democrática y nivelada por lo muy bajo); no hay que confundir el hecho experiencial (la experiencia de lo sagrado) con su expresión literal; lo sagrado y metafísico no se puede expresar simplemente con letras y palabras, con expresiones verbales y mucho menos literales… En la antigüedad la tradición se transmitía vía oral, siendo la palabra escrita ya un primer escalón o peldaño de descenso hacia la decadencia desde un punto de vista ontológico y espiritual, por ello hemos titulado el presente escrito recordando un famoso tratado de Budismo Zen del gran Maestro japonés Zenkei Shibayama, siendo la flor uno de los grandes elementos representativos del simbolismo natural susceptible de una interpretación metafísica e iniciática; ella, sin hablar, transmite sabiduría, conocimiento, belleza:
LAS FLORES NO HABLAN
En el silencio nace la flor.
En silencio muere.
Aunque aquí y ahora, en este momento y en este lugar,
Todas las flores,
Todo el Universo, florece.
Esta es la historia de la flor, la verdad de la flor.
La gloria de la vida eterna resplandece completamente en ella.

La flor como símbolo a la vez del Microcosmos y del Macrocosmos, del Principio Supremo manifestado, de la Iluminación y Renacimiento iniciático, del Centro y del Origen. Nacimiento-Muerte-Resurrección… En las doctrinas tradicionales, sobre todo en las de Oriente (especialmente en el budismo zen), las flores son símbolos poderosos que representan el potencial del hombre para la transformación, el crecimiento espiritual, la regeneración y la iluminación, en Occidente tenemos por ejemplo la hexafolia, la rosa de seis pétalos, también conocida como hexapétala, y que es uno de los símbolos más extendidos en la cultura indoeuropea. Las flores de montaña, especialmente la Edelweiss (o flor de las nieves), simbolizan principalmente el apego a lo eterno y perenne, la pureza, la valentía y el coraje; símbolo de la iluminación y manifestación de lo Alto. En el caso de la flor de las nieves, debido a su hábitat extremo y difícil acceso, representa la superación, un indomable espíritu de fanatismo por la Idea Sacra y Cosmovisional, la fuerza de la naturaleza frente a la subversión plutocrática y meramente mecanicista de la asquerosa y putrefacta subhumanidad postmoderna y democrática de esta fase final del Kali-Yuga, así como un viril y apolíneo desafío donde buscarla demostrando un verdadero y totalista espíritu de dedicación frente a la basura seguidista, burguesa, pusilánime y sedentaria de la grey, del hombrecillo-masa de este mundo en ruinas que preside la presente pseudocivilización crepuscular y ya terminal abocada hacia la catástrofe y la hecatombe. Una flor sagrada que simboliza el poder de la mente y del espíritu que nos puede elevar por encima del sufrimiento y alcanzar la iluminación, símbolos analógicos con la conquista de una cima montañosa tras un arduo proceso espiritual, físico y psicológico de superación y de lucha contra uno mismo (sus demonios interiores) y contra los elementos. La flor de las nieves puede ser uno de los grandes símbolos identitarios de la Revolución Tradicional que Occidente necesita, y, precisamente, lo fue de aquel gran movimiento juvenil, revolucionario y patriótico alemán surgido a finales del siglo XIX: el Wandervögel. Un movimiento sanamente antiburgués, antiliberal y anticapitalista (y por supuesto antimarxista), muy influenciado por el Romanticismo y que hicieron de la Ecosofía (2) su norma y guía existenciales, casi como si se tratara de una nueva religión paganizante: «El Wandervögel había alejado a los jóvenes de la tutela de los mayores, los había liberado de la tiranía de las convenciones que les oprimían aún con mayor rigor que la escuela. Les puso en contacto con la naturaleza y el alma de la nación. De todo ello se nutrió espiritualmente. De manera consciente, ello también les hizo sentirse extraños frente a la decadencia, la cultura sofisticada (es decir, burguesa) y los frutos de la metrópoli. Dicho de otra manera, les alejó de la cultura imperante» (Gustav Wyneken). El Wandervögel propugnaba ya desde sus inicios una ruptura completa con la modernidad, con su cosmovisión materialista, mecanicista, plutocrática y racionalista del mundo, propugnando un ethos viril y un desprecio absoluto por los pseudovalores de la Europa contemporánea, así como del nauseabundo pathos democrático y del mundo antiestético y antiartístico horripilante de las grandes ciudades y megalópolis modernas sumidas en la demencia progresista, el ruido, la suciedad, la maldad y la fealdad, opuestas por completo a las leyes naturales y al mundo del Agro. Como decía Ernest Jünger, que en sus años juveniles perteneció a este movimiento, «representan un corpus que debe ser capaz de preparar el ‘recurso a los bosques’. Esta es una originalidad del movimiento Wandervögel: utilizar ciertos medios puestos a disposición por el mundo moderno para armarse mejor contra él y así forjar su ciudadela interior». Las marchas extenuantes por las montañas, bosques y prados, la constante meditación y observación de la naturaleza y sus ritmos, los cantos de las aves, la agradable y hechizante melodía de los ríos y riachuelos en su avance y descenso entre los bosques y las rocas, del viento soplando y acariciando las hojas y ramas de los árboles, la contemplación del oleaje de los mares, el amor por la poesía, por las leyendas populares, por los mitos, el mundo del heroísmo épico, el folclore popular (cantos, danzas), la visita a lugares sagrados y de poder, el desprecio absoluto por la vil y abyecta charlatanería democrática y por la asquerosa plebe urbanícola idiotizada (aunque por entonces sin llegar aún a los niveles de la postmodernidad plutocrática, mundialista y globalista actual…), por los convencionalismos y moralismos burgueses y la despreciable mojigatería bienpensante, el espíritu de sagrada hermandad y de camaradería como en las antiguas cofradías iniciático-guerreras, de servicio y de sacrificio, una concepción sagrada y viril del patriotismo, etc., eso y mucho más fue el Wandervögel, por ello no es nada de extrañar que la inmensa mayoría de estos jóvenes «pájaros errantes» acabaran integrándose en la juventudes recias y viriles del futuro III Reich.
Para finalizar, muy en la línea evoliana de «cabalgar el tigre» y de «mantenerse en pie en medio de un mundo en ruinas», reproducimos a continuación unas breves palabras extraídas de la genial alocución de uno de los dirigentes más carismáticos del Wandervögel: Gustav Wyneken, a la concentración de jóvenes «pájaros peregrinos» o «errantes» en el sagrado y mítico monte Meissner en octubre de 1913, y que, en los momentos actuales de esta Europa decadente, pusilánime, sin brío y en pleno proceso de descomposición, sus palabras son más actuales que nunca: «Vivimos una época que no es bella ni justa… Vivimos una época de transición y queremos ser dignos de un tiempo de dificultades y peligros… Nuestro tiempo bulle entre el caos y la duda… no hemos alcanzado el punto crítico y parece que aún hemos de continuar. No es fácil soportar todo esto, pero precisamente por eso constituye una prueba para nuestro carácter, para demostrar que tenemos capacidad para sobrellevarlo y que, fuertes y puros, permanecemos en pie… Cada día dará sentido a nuestras vidas y no faltará la lucha y el trabajo sin la certeza de ver el día de la victoria. Queremos hacer nuestras las palabras: A nosotros no se nos ha concedido una vida feliz, sino la más noble que el hombre puede anhelar: una vida heroica».

Janus Montjovis
FUERZA HONOR Y TRADICIÓN
NOTAS:
1. «Gaudí se fija en cómo la naturaleza vence a la gravedad y en qué formas son las más resistentes; cuál es la forma de una cueva, de una montaña, de las orillas de un lago, de los nidos de las termitas, de los hormigueros, de las guaridas que crean los animales que, como el hombre, viven en sociedades… Su percepción de estos detalles y su filosofía natural son excepcionales y se puede decir que casi únicas en la historia de la arquitectura. Pero es esa vuelta a lo primitivo lo que más sorprende, puesto que, en una aparente subversión de las figuras geométricas (variantes de líneas y círculos) que han sido la base permanente de la arquitectura, no hay más que un paradójico retorno a la sencillez. Otro ilustre catalán, Eugenio D’Ors, lo expresaría de modo admirable: «Todo lo que no es tradición, es plagio». Gaudí fue, sin duda, el mejor plagiario de lo que él interpretó como la obra divina» (Instituto Cervantes).
2.LaEcosofía combina los términos griegos oikos (casa, hábitat) y sofía (sabiduría), y se refiere a una filosofía ecológica que propone vivir en equilibrio con el medio ambiente y reconocer la interconexión de todos los seres vivos, con las Leyes de la Naturaleza y del Cosmos, considerando todo lo visible como un reflejo de lo invisible, lo de Abajo como un reflejo de lo Alto, lo del «Más Acá con el Más Allá» (uno de los antiguos lemas del Frente de Juventudes, organización nacional-revolucionaria juvenil española muy influenciada por este movimiento alemán, especialmente durante las décadas de los años 40 y 50 del siglo pasado). En ambos movimientos juveniles, el canto, al igual que en todos los movimientos nacional-revolucionarios surgidos durante la Era del Fascismo (1919-45) que parecían augurar un nuevo renacer para nuestra común Patria civilizacional -Europa-, y al contrario que en el adocenado y grotesco mundo burgués-liberal, no sólo era necesario, sino sobre todo útil y formativo como recalcaba un texto de la época: «Su necesidad estriba en ser la válvula de escape para pregonar una fe, una ilusión y una esperanza; fe en Dios, en la Nación y en nosotros mismos; ilusión en la tarea de servir a Dios, a la Patria y a la Justicia; esperanza en un porvenir más digno y más justo para el pueblo. Es útil porque el que canta arrastra en pos de sí a los indecisos, enardece a los timoratos y sacude a los perezosos. La canción es formativa porque contribuye eficazmente a hacer superar las propias flaquezas y debilidades, inyectando ilusión decidida y optimismo esperanzado, salud del alma y fortaleza del espíritu, y, sobre todo, porque el joven que no canta es triste, enfermizo, rencoroso y descreído. Por medio de los coros se consigue inculcar en los camaradas cualidades tan necesarias en la vida como saber fijar y mantener la atención, y la autodisciplina, además de educar la voz y depurar el gusto musical … Con las canciones rendimos culto a nuestra Patria, a nuestros sentimientos nobles, a nuestros ideales, a nuestras esperanzas, y los coros, además, disciplinan nuestra voluntad».

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«La montaña no es como los humanos. La montaña es sincera».
Walter Bonatti
«Un extraño encanto se desprende de la montaña que, al atardecer, tiene la belleza del otoño».
Gaston Rébuffat
«Estudie cómo fluye el agua en la corriente de un valle, suave y libremente entre las rocas. Aprende también de los libros sagrados y los sabios. Todo, incluso montañas, ríos, plantas y árboles, debe ser tu Maestro».
Morihei Ueshiba
«Considera la vida de los pájaros y de los peces. El pez jamás se cansa del agua; pero, no siendo pez, no podrás nunca saber lo que el pez siente. El pájaro jamás se cansa del bosque; pero, no siendo pájaro, no comprenderás sus sentimientos. Lo mismo ocurre con la vida religiosa y la vida poética: sin no las vives, jamás comprenderás nada de ellas»
Kamo No Chomei (poeta Zen, siglo XIII)
El Puig Madrona es una de las montañas más emblemáticas y bellas del Parque Natural de Collserola, de la «Sierra Oscura» tal como lo denominaban los romanos debido a la frondosidad y la espesura de sus bosques en los que apenas podía penetrar la luz solar hace algo más de dos milenios, estando hoy incluida en una de las 100 cimas de la FEEC (Federación de Entidades Excursionistas de Cataluña). Con 341 metros de altitud, dicha cumbre se encuentra ubicada a caballo entre las localidades de El Papiol y de Sant Cugat del Vallés, dentro de la comarca del Baix Llobregat. En la cumbre de esta montaña hay una torre de vigilancia y un vértice geodésico, y a unos pocos metros se encuentran un túmulo y los restos de un antiguo asentamiento layetano; además a lo largo de la caminata encontraremos entre sus bosques y cerros algunos restos o construcciones megalíticas (altares, calzadas, piletas, alineamientos roqueros). Sin duda nos encontramos ante otro lugar de poder, otra montaña sagrada, porque así fue considerada tanto por la cultura ibérica como por la civilización medieval. Toda cultura tradicional era, ante todo, un Orden sacro, es decir, estaba anclada en el orden divino, conectando la vida terrenal con las fuerzas invisibles del mundo sobrenatural. Ante una construcción antigua no nos cansamos de observarla fascinados, ellas nos impulsan a la introspección, a cierto descondicionamiento, a la meditación y a la trascendencia, como si las mismas tuvieran vida propia pese al paso de los siglos y aunque estén en un estado semiruinoso. Hoy vemos que ante las construcciones modernas (o postmodernas) de esta Edad Crepuscular se da precisamente el caso contrario, son obras muertas, carecen de alma, de belleza, de estética, son de una frialdad contra natura verdaderamente diabólica típicas de un mundo y de una sociedad espiritualmente desintegrados, desprincipiados y profundamente desnortados, como todo lo que se levanta y construye en esta era disoluta del nadir del Kali-Yuga o Edad Oscura: «En el Kali Yuga los hombres no tendrán virtudes, ni pureza, ni pudor, y conocerán grandes desgracias» (Visnhu Purana); definitivamente, estamos ante un mundo en ruinas (sobre todo espirituales y existenciales) como nos dijera el Maestro Julius Évola; «nos encontramos hoy ante un mundo en ruinas en el que todo está por reconstruir, material y espiritualmente. Hay que emprender ante todo la reconstrucción en el terreno intelectual» (Gaston Georgel), y una forma de reconstrucción tanto en el plano cultural como en el espiritual, es la resacralización de los lugares sagrados hoy olvidados o profanados, redimensionarlos de cara a las futuras generaciones, avivar la llama: «Si Europa llegase a sanarse espiritualmente, deberá recuperar su pasado espiritual -al menos no tendrá que tenerlo en tal deshonra-… Para la auto-recuperación estos países deben revivir a sus Dioses antiguos. Pero eso es una tarea que no puede ser hecha de forma mecánica. Tienen que recobrar la conciencia que fue expresada en sí misma en el lenguaje de muchos Dioses… hablo de una nueva forma de peregrinaje; un retorno a los Dioses»(Ram Swarup).

Iniciamos la marcha desde la estación de Renfe de El Papiol, cruzando la carretera a unos pocos metros hay un sendero señalizado que siguiéndolo nos llevará directamente hacia la cima de la montaña, aunque el ascenso va siendo cada vez más acusado y ascendente. Desde la ruta forestal, vemos a lo lejos a nuestra derecha recortada sobre el cielo nublo otoñal la imponente figura del castillo roquero medieval, uno de los grandes bastiones de nuestra sagrada Reconquista Hispánica contra el alógeno invasor sarraceno. Lo cierto que el día acompañaba, un ambiente fresco nos escoltó durante toda la jornada y amenazando lluvia por momentos, como dice el refrán muy español “horizonte claro, con cielo nublado, buen tiempo declarado”. Según seguimos ascendiendo por el sendero llegamos a la Sierra de Roques Blanques, a nuestra izquierda se abre otro camino que lleva al campo santo del mismo nombre, un curioso cementerio inmerso en medio del bosque en el cual decidimos internarnos para disfrutar de su singular belleza, nada que ver con la mayoría de los cementerios de las urbes plutocráticas rodeados de toda la nauseabunda y ruidosa inmundicia que caracteriza a la modernidad. Visitar un cementerio también es otra forma de conectar con lo sagrado y de desconectar del mundo profano, además de ser también un espacio para la meditación, para el recogimiento, para la contemplación, para la introspección, pero también, y porqué no, espacios de simbolismo, de cultura y de arte; una forma también de conectar con la historia y con la tradición, ya que ellos a menudo albergan tumbas de diferentes épocas y estilos arquitectónicos, lo que nos hace conectar simbólicamente, casi a modo de un ritual, con las generaciones pasadas, además de poder apreciar la riqueza del patrimonio de nuestra sagrada herencia cultural, religiosa y artística. También son lugares sagrados donde se muestra respeto, reverencia y veneración por los que nos precedieron: reflexionar sobre la vida y la muerte, sobre la brevedad de la vida terrena (hoy cada vez lo más parecido a un infierno a medida que avanza la Edad Oscura), el hilo conductor o el cordón dorado que nos une a nuestros Ancestros, a nuestros gloriosos Antepasados («de la entraña del pasado, nace nuestra Revolución», rezaba un viejo himno viril y totalitario de la hoy tan denostada como odiada e incomprendida «Era azul»), la importancia de valorar cada momento de nuestra vida, el aquí y el ahora -el «eterno presente» como decía Antonio Medrano-, y no pensar obsesivamente en un futuro lineal de progreso y evolución constantes -cada vez más nebuloso e ilusorio adquiriendo hoy formas y tintes verdaderamente grotescos y perversos- como hace la enloquecida morralla democrático-progresista y contra-tradicional, reivindicando siempre y sin desmayo lo absoluto y lo eterno frente a lo efímero y lo contingente. Como señalaba el gran autor perennialista español Antonio Medrano, «para el hombre tradicional todas las cosas, cualquier fenómeno de la existencia (desde los seres vivientes de la naturaleza hasta los utensilios del hogar, desde el mar y la montaña hasta la indumentaria y las prendas de vestir), y los diferentes sucesos de la vida asumen un significado simbólico: son contemplados como símbolo de un Orden superior, como cauces a través de los cuales se transmite el mensaje y la influencia transformadora de la Verdad». La Tradición es intemporal y metahistórica, una fuerza siempre viva (aunque hoy oculta y subterránea para la gran mayoría), verdaderamente revolucionaria, que puede aflorar con renovado vigor en cualquier momento siempre que haya esa «minoría inasequible al desaliento» (José Antonio) que alce de nuevo su bandera y se lance a su búsqueda con decisión y perseverancia. «Buscamos, en fin, sobre todo y ante todo, lo que los antiguos buscaron, lo que siempre ha buscado toda humanidad normal, lo que ha constituido la meta unánime de todas las vías tradicionales: el Misterio del Ser, el Grial recóndito y milagroso, el Sagrado Corazón o la Naturaleza-Buda, el Eterno Ahora que está por encima del tiempo, el Sol de la Verdad una y eterna, la Realidad infinita y suprema. Y en esta búsqueda sabemos que nunca nos faltará la ayuda de lo Alto. A nosotros corresponde poner en el intento todos los medios a nuestro alcance» (Antonio Medrano). La Tradición sapiencial (el Sanatana Dharma) no es el pasado, sino el mensaje del mismo a las generaciones venideras, tiene un carácter metahistórico e intemporal, la cosmovisión divina del mundo y de la existencia, un estilo de vida que se revive y se renueva para entregarlo al futuro en y desde el presente, con un dinamismo totalista, revolucionario y creador; por ello, «no defendemos un pasadismo nostálgico o un cerrado tradicionalismo que se aferra a aspectos parciales siempre superficiales y accesorios, de una realidad ya muerta o en crisis, sino una postura renovadora e íntegramente tradicional. Nos guían los principios imperecederos y universales de la Tradición, no su formulación concreta en una época o lugar determinado» (Antonio Medrano). Sigamos, pues, el Camino, Antiguo y Eterno a la vez…
Después de visitar el bello campo santo retomamos nuestro camino de ascenso hacia la cima del objetivo principal de nuestra ruta: Puig Madrona, así bautizada en honor a la mártir cristiana de Salónica que vivió en el siglo III, aunque parece ser que murió en el IV, Santa tanto de la Iglesia Católica Romana como de la Iglesia Ortodoxa Oriental. La subida se hace cada vez más pronunciada siendo el tramo final el más abrupto y rocoso, pero que en pocos metros nos da acceso a la cumbre, una gran explanada cuya panorámica de toda la comarca del Baix Llobregat es impresionante, muy buenas vistas de todo el conjunto montañoso que rodea a este municipio de origen medieval, situado entre las últimas estribaciones de la «Sierra Oscura», el «Flumen Rubricatum» (el río Llobregat) y la riera de Rubí, es decir, que su ubicación está entre el Parque Natural de la Sierra de Collserola y el Parque Fluvial del Llobregat. El pueblo en cuestión –El Papiol-, se formó originariamente alrededor de un cerro (Turó de Sant Pere), de 160 metros de altitud, y en cuya cima roquera se encuentra edificado el majestuoso castillo del siglo XII, sin duda el Axis Mundi de todo el conjunto poblacional. Ciertamente, a todos los que nos fascina la montaña, los bosques, los cursos de los ríos, la Naturaleza en definitiva, nos llama la tierra y los lugares de poder, ello como un símbolo -inconsciente para la gran mayoría quizás-, de la llamada y de la ligazón con nuestros gloriosos y sagrados Ancestros y Antepasados; precisamente, a unos pocos metros de la señal geodésica y de la torre de vigilancia, se encuentran los restos de un asentamiento ibérico en el cual se llegaron a descubrir restos de cerámicas y habitáculos excavados en la roca; una extraña sensación de desapego y de liberación se siente cuando nos posicionamos sobre el túmulo sagrado de origen layetano: «La menor cosa realizada en conformidad armónica con el orden de los principios porta virtualmente en sí posibilidades cuya expansión es capaz de determinar las más prodigiosas consecuencias, y esto en todos los campos» (René Guénon).
Iniciamos el descenso con destino a la Ermita de la Salut, o también conocida como Ermita de la Mare de Déu de la Salut del Papiol, impresionante construcción sagrada situada al pie del pico, sin duda un lugar de poder con un alto interés tanto cultural como religioso. La ermita es de origen visigótico (siglo IX), reformada al románico (siglo XI). En el siglo XIV se la conocía como Iglesia Parroquial de Santa Eulalia de Madrona, como Capilla de San Pedro de Madrona en el siglo XVI, hasta llegar al nombre actual más arriba señalado. En la explanada hay un área de descanso donde se puede tomar un pequeño refrigerio antes de emprender la marcha de nuevo y poder disfrutar de las vistas y de la belleza del lugar.
Continuamos la marcha hasta llegar a una confluencia de senderos, cogemos uno situado a nuestra izquierda que nos conduce al Turó de la Pineda (273 m), montaña situada entre los términos municipales de El Papiol y Sant Cugat del Vallés; cerca de la cima encontraremos algunas construcciones megalíticas con espacio votivo incluido; es aquí donde pudimos disfrutar por unos momentos de la brisa que acompañó a los primeros rayos del sol. Acto seguido, retomamos la ruta hacia nuestro próximo objetivo: Les Escletxes, una zona impresionante con grietas y fisuras naturales en roca caliza situadas sobre la cima de un cerro, formando incluso estrechos pasillos por los que se puede discurrir, aunque no sin cierta dificultad por su gran estrechez en algunos tramos, y con un microclima propio, no apto para gente entrada en carnes o con problemas de obesidad, por cierto… En alguno de estos tramos se puede practicar la escalada, y algunas grietas tienen trazados laberínticos y formas fantasmales, formando todo el conjunto pétreo una especie de pequeña «ciudad encantada», una Externsteine ibérica; cerca de la entrada de este parque geológico hay una gran roca en forma de losa -y que parece de origen antrópico- a modo de altar prehistórico. Admiremos toda esta grandeza que nos rodea y sintámonos orgullosos de ser hijos y descendientes de una estirpe verdaderamente sagrada y ancestral…

Nos dirigimos ahora hacia el pueblo propiamente dicho, concretamente hacia su cumbre donde se encuentra el gran complejo arquitectónico sagrado, un enclave verdaderamente mágico: el Castillo del siglo XII, la Casa Rectoral edificada entre los siglos XIII-XIV, una de las construcciones más antiguas de la población, y la Iglesia de Santa Eulalia. Junto a la Casa Rectoral hay un pequeño túnel que nos conduce a la explanada donde se encuentra el recinto del castillo. En cuanto a la iglesia, la actual data del siglo XX (construida por el Estado del 18 de Julio e inaugurada en 1950), ya que la anterior, construida en torno a los siglos XIV-XV y reformada entre los siglos XVI y XVIII, fue totalmente destruida por la canalla roja anarco-marxista (para variar…) durante la Cruzada de 1936-39, precisamente de la que reniegan en la actualidad toda la jerarquía eclesiástica en bloque -empezando por la Gran Prostituta Vaticana- y la gran mayoría de una casta sacerdotal podrida, cobarde, traidora, rastrera, mundanizada, endemoniada y castrada hasta la médula; en fin, nuestra Hermandad siempre ha preferido y ha priorizado el uniforme a la sotana, la espiritualidad apolínea, solar y uránico-viril a la mera espiritualidad lunar y ginecocrática, lo gibelino a lo güelfo, la Aristocracia guerrera y el Asceta al Sacerdote, la Luz del Norte a la Luz del Sur en definitiva… Decía Julius Evola, el Último Gibelino, que «si el destino que el mundo moderno se ha forjado, y que ahora lo arrolla todo, no pudiese ser contenido, deberán mantenerse las posiciones internas: sean cuales fueren las situaciones exteriores, lo que pueda ser hecho se hará y perteneceremos entonces a aquella patria que ningún enemigo podrá nunca ocupar ni destruir», y esa patria ideal y metafísica es la Patria del Espíritu.
Damos una vuelta por el pueblo donde encontramos algunas construcciones de gran interés artístico, varias casas de tipo arquitectónico modernista y neoclásico de finales del siglo XIX o principios del XX. Hay un curioso monumento en un rincón medio olvidado del pueblo dedicado al simbolismo mítico y místico del vino, concretamente del año 1972, inaugurado con motivo de la festividad de la Santa Patrona de la localidad, Santa Eulalia de Mérida, testimonio de un pasado agrario y vinícola; como decía Platón, «el vino es la leche de los ancianos».
Vamos bajando del pueblo y junto a la carretera encontramos en un pequeño paraje solitario un área de descanso de complicado acceso, ya que se encuentra aislada entre la red viaria apareciendo como imagen detenida en el tiempo, cuyo atractivo precisamente son los restos del amurallado medieval que han perdurado en el tiempo. «Gracias al símbolo, la experiencia individual es despertada y transmutada en acto espiritual. Vivir un símbolo y descifrar correctamente su mensaje implica la apertura hacia el Espíritu y finalmente el acceso a lo universal» (Mircea Eliade).
«No seguimos a los antiguos, buscamos lo que ellos buscaron».
FUERZA HONOR Y TRADICIÓN
Janus Mons Jovis

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“El pensar es un misterio; el hablar es un misterio; el hombre, un abismo.”
Jaime Balmes
“¡El misterio! Sí, un misterio profundo nos envuelve. Cuanta más luz, más misterio.”
“Los mitos tienen más poder que la realidad. La revolución como mito es la revolución definitiva.”
Albert Camus
Viendo hoy ese fabuloso complejo arquitectónico y sagrado que es la Basílica de Covadonga dentro del gran conjunto monumental del Santuario de la Cueva Sagrada (1), lugar éste de resonancias míticas para nuestra gloriosa historia patria, muy pocos reparan o han reparado en la gran y fascinante personalidad que se esconde detrás de esa auténtica Obra Magna construida a caballo entre el último cuarto del Siglo XIX y principios del XX: Roberto Frassinelli y Burnitz (Luisburgo, Baden-Wurtenberg, 1811 — Corao, 1887), apodado y conocido en su tiempo como «el alemán de Corao»…
Cerca de la Santa Cueva y el conjunto monacal se alza la Basílica de Santa María la Real de Covadonga, ideada e inicialmente planificada por Roberto Frassinelli y levantada entre 1877 y 1901 por el arquitecto Federico Aparici y Soriano, dicha construcción es de estilo neorrománico y construida íntegramente en piedra caliza rosa. En cuanto a la sugestiva figura que tenemos entre manos, existen muy pocos datos biográficos sobre él, siendo también las fotografías del personaje escasas, algo que suele ocurrir con frecuencia entre aquellos personajes que pese a haber surgido con la Modernidad, NO SON ni forman parte espiritual y existencialmente hablando de la misma, no son fácilmente encajables en ella. Se sabe del personaje en cuestión que se trató de un hombre fuera de lo común, personalidad altamente polifacética; fue dibujante, bibliófilo, anticuario, naturalista, arqueólogo -fue el gran descubridor del Dolmen de Abamia-, experto montañero, amante de la poesía teniendo al gran poeta romántico Hölderlin (2) como uno de sus favoritos; también de la arquitectura sagrada, especialmente la medieval, además poseía grandes conocimientos de griego y latín; tenía al parecer también grandes conocimientos sobre química, anatomía, zoología, botánica, fisiología y cirugía, además de una personalidad a la vez enigmática, rodeada de misterio y no exenta de un gran carisma según atestiguaron quienes le conocieron en su tiempo: “Es un personaje único, singular, parcialmente desconocido; un perfecto ejemplo de morador del No-mundo, esto es: de personaje fronterizo, heterodoxo, cuya vida transita a mitad de camino entre la leyenda y el hecho histórico, real y contrastable, y cuya principal característica ‒su pertenencia al No-mundo‒ le llevó en un momento dado a dar la espalda a su tiempo, a los hombres y mujeres de su época, para ir a dar con sus huesos hasta un paraje agreste, recóndito, en busca no sabemos muy bien de qué, aunque debamos confesar que de algún modo lo intuimos…” (Marcos Polvoranca)
Cuenta el político e historiador Alejandro Pidal y Mon que le conoció (3): «Su verdadero teatro eran los Picos de Europa, Peña Santa, la Canal de Trea, los gigantescos Urrieles asturianos. En ellos se perdía meses enteros, llevando por todo ajuar un zurrón con harina de maíz y una lata para tostarlo al fuego de la hierba seca, su carabina y cartuchos. Vino no bebía, bebía agua en la palma de la mano; carne sólo la del rebeco que abatía con certero disparo de su escopeta y cuya asadura tostaba sobre la misma lata del mismo fuego. Dormía entre las últimas matas de enebro; se bañaba al amanecer en los solitarios lagos de la montaña y al regresar de la penosa excursión a los Picos, se refrescaba revolcándose desnudo sobre la nieve…» (4). Los datos biográficos que de Roberto Frasinelli nos constan son que en su juventud estudió en la Universidad de Tubinga, entre 1831 y 1833. Se sabe también que en su juventud coqueteó con ciertos círculos revolucionarios de ideas románticas como por ejemplo la «Sociedad de Jinetes del Fuego» que luchaban una Alemania libre y unificada, al igual que también su admirado compatriota Richard Wagner -el genio del Gesamtkunstwerk, la Obra de Arte Total-, participando en las revueltas de Frankfurt de 1833. Condenado por sus actividades políticas en 1836, finalmente, decide trasladarse a España en 1844 y en la que permanecería definitivamente hasta su muerte 43 años después; fue a partir de ese momento cuando su personalidad sufrió una auténtica catarsis, una transformación hasta verse impulsado en la necesidad de erigir un templo como veremos; parece ser que la visión y el contacto con Covadonga y de todo el simbolismo sagrado y toda la carga histórica que hay tras de ella, le acabaron metamorfoseando… Una vez en España hizo de marchante para anticuarios y bibliófilos alemanes. Parece ser que fue por entonces cuando empezó a interesarse por la arquitectura sagrada del Medievo, especialmente por el prerrománico y el románico, además de entablar una gran amistad con el Obispo Sanz y Forés (Obispo de Oviedo, 1868-82), que pronto se convertiría en uno de sus principales valedores. Visitó muchos monasterios especialmente por Asturias hacia los años 40 del Siglo XIX. En 1854 tras contraer matrimonio se retiró a la aldea de su esposa, Corao, próxima a Covadonga -su particular Axis Mundi-, y donde residió hasta su muerte. Se sabe también que entre 1859 y 1876 prestó su colaboración como dibujante para diversos proyectos arqueológicos. A grandes rasgos estos son los pocos apuntes biográficos que constan del personaje; lo más interesante desde nuestro punto de vista es lo que viene a continuación…
Roberto Frasinelli realizó los diseños de la Basílica de Santa María la Real de Covadonga de estilo neorrománico, contrastaban con el proyecto original del arquitecto Ventura Rodríguez de diseño clasicista y que contaba con el apoyo del Cabildo. En su construcción, iniciada en 1877, es decir 33 años después (número simbólico) de su llegada y establecimiento en Asturias, al no tener los conocimientos de arquitectura necesarios (carecía de tal título, era autodidacta), tuvo que ceder su puesto al arquitecto Federico Aparici y Soriano que en líneas generales respetó su proyecto original; sin embargo, sí que pudo dirigir las obras de la Cripta. Pero la Basílica no fue sólo una de sus inspiraciones más destacadas; también diseñó el Camarín de la Cueva -desmantelado por la chusma roja en 1938 durante la Cruzada (para variar…)-, o el de la Capilla del Campo de Collado. No consideramos casual el hecho de que eligiera como material constructivo piedra caliza rosácea, una forma alegórica de representar uno de los símbolos fundamentales de la iniciación rosacruciana, la Rosa como símbolo de la Iluminación, del nacimiento del Hombre Nuevo, de la Reintegración y de la Regeneración: el alumbramiento del «átomo crístico» del simbolismo rosacruciano (similar al «sensorium» de los teósofos cristianos de los siglos XVII y XVIII, el «grano de mostaza» del que nos habla el Evangelio).
Frassinelli solía pasar largas jornadas retirado en solitario en una cueva meditando -la Cueva de Cuélebre, rodeada la misma de misterios y leyendas desde tiempos míticos-. En el interior de dicha cueva sólo tenía como mobiliario una mesa de piedra que él mismo talló con sus propias manos. Curiosamente, hay ciertos paralelismos con otra figura de carácter mítico y metahistórico también de origen alemán: el legendario fundador de la Orden Hermética de los Rosacruces en la segunda mitad del Siglo XIV, Christian Rosenkreutz. La vida de este personaje parece más simbólica que real; cuenta la leyenda que éste también se retiró a una cueva a meditar y que también sabía tallar la piedra, es ahí donde Christian adquirió la iluminación, igual que le ocurriría a nuestro San Ignacio de Loyola en la Cueva de Manresa casi dos siglos después. El mismo nombre de Christian Rosenkreutz tiene un carácter simbólico, haciendo alusión más a una experiencia interior, a un grado de iniciación (Rosa + Cruz) como el mismo nombre indica, que a un personaje real (aunque no fuera descartable que el mismo tuviera también una verdadera existencia histórica). Nos sigue contando la leyenda que Christian también residió durante un tiempo en España, es indudable que las sincronías y ciertos paralelismos entre ambas figuras, una real y otra, quizás, meramente simbólica, son más que evidentes. Ernesto Milá apunta al hecho de que Roberto Frassinelli, en un determinado punto de su existencia, decidió llevar el estilo de vida y la práctica que la leyenda atribuía a aquel mítico fundador de un movimiento iniciático y doctrinario continuadores subterráneos del gibelinismo, herido de muerte tras la liquidación de los templarios y del que los rosacruces cogerían el testigo, aunque con un accionar ya más “oculto”. Señala René Guénon que los Rosacruces, entre su misteriosa aparición con la figura mítica de Chistian Rosenkreutz al frente en la segunda mitad del Siglo XIV, hasta la Paz de Westfalia de 1648 que pondría fin a la Guerra de los Treinta Años -y que iba a significar el principio del fin del Sacro Imperio Romano-Germánico y del ocaso de Occidente-, en cierto modo aseguraron, aunque de una manera ya más encubierta y subterránea, el contacto de Occidente con la Tradición Primordial, con el Centro del Mundo; a partir de entonces, y tras la invasión de las fuerzas subversivas que en lo sucesivo arrasarían por completo a Europa, los verdaderos rosacruces desaparecen por completo de la escena política, deciden retirarse o replegarse hacia posiciones más interiores, a las “catacumbas”… Siendo el rosacrucismo esencialmente una doctrina, una práctica y una experiencia totalmente iniciáticas, sin embargo había tres símbolos a los que rendían culto y que los ponían en contacto con la práctica católica más ortodoxa: los símbolos del Grial, la Cruz y la Rosa, y el Sagrado Corazón. Tratándose la “experiencia rosacruz” de una Vía Iniciática y de una experiencia interior (pasar del “hombre viejo” al “hombre nuevo”, de ahí el símbolo de la apertura de la Rosa en el centro de la Cruz), y por lo tanto con caracteres de verdadera intemporalidad, no es extraño que hayan surgido figuras históricas separadas en el tiempo y en el espacio y sin embargo con tantas simetrías o coincidencias entre ellos: “El Reino inaccesible e intangible del Grial es una realidad también en la forma, según la cual el mismo no está vinculado a ningún lugar, a ninguna organización visible y a ningún reino terrestre. El mismo representa una Patria, a la cual se pertenece por un nacimiento diferente del corporal, que tiene el sentido de una dignidad espiritual e iniciática. Este reino une en una cadena infrangible a hombres que pueden también aparecer como dispersos por el mundo, por el espacio, por el tiempo, por las naciones, hasta el límite de aparecer como aislados y de no conocerse recíprocamente” (Julius Evola).
Roberto Frassinelli acabaría falleciendo en 1887, su cuerpo fue sepultado en un lugar de poder y con una gran carga a la vez mítica, simbólica y mística: en el cementerio de la iglesia de Santa Eulalia de Mérida, en la localidad de Abamia (5), datada en el Siglo XII pero se tiene constancia de un templo anterior del Siglo VIII, según la leyenda construido por el mítico Rey Don Pelayo tras iniciar la Reconquista de España contra las hordas sarracenas. Lo cierto es que durante varios siglos -500 años- los restos mortales del Rey Don Pelayo, primer rey de Asturias y los de su esposa, la Reina Gaudiosa, estuvieron sepultados también en esta iglesia hasta su traslado a la Santa Cueva de Covadonga por el Rey de Castilla y León, Alfonso X el Sabio. El alemán “morador del No-mundo”, poseedor ya de por sí de una gran carga y aureola míticas, acabaría integrándose de lleno en uno de los grandes Mitos (con mayúscula) forjadores de nuestra Identidad e Ideas-Fuerza de nuestra Patria: Don Pelayo y Covadonga.


Pese a que en su momento los méritos artísticos de Roberto Frassinelli fueron reconocidos por la Academia de Historia y por la de Bellas Artes, y habiendo sido una de las figuras más importantes de la cultura asturiana del Siglo XIX, su figura hoy es prácticamente desconocida incluso para la gran mayoría de los asturianos, paradójico teniendo en cuenta que Asturias fue el escenario de las mayores inquietudes y desvelos del alemán de Corao, y a cuya sacralidad se entregaría en cuerpo y alma; pero eso a él le hubiera importado muy poco dado el desapego y la superación del Yo egótico que caracterizó especialmente en la última fase de su vida terrena, al menos desde el inicio de la edificación del Templo. Una de las características fundamentales de toda apertura hacia la trascendencia y hacia el ascesis, una vez que se ha superado -trascendido- la condición puramente humana y material (la superación del Ego, del mero Yo egótico en favor del Sí Interior), y se ha llegado a cierto grado de descondicionamiento, precisamente es el de la “impersonalidad activa”: NON NOBIS DOMINE, NON NOBIS, SED NOMINI TUO DA GLORIAM (“Señor, no nos des gloria, no a nosotros, sino a tu nombre”. Consigna templaria). Hacer lo que tiene que ser hecho, buscar la obra bien hecha, huir del reconocimiento, del aplauso, de la aprobación de los demás, de la odiosa palmadita en la espalda tan común hoy en esta sociedad disoluta y podrida hasta la náusea; fieles al precepto clásico “Nada de más”, huir como de la peste de todo lo superfluo, pomposo o fatuo, abominar de todos los pseudovalores -a cual más aberrante- de la modernidad permaneciendo en el “No-mundo”. Sin duda, pese a los escasos datos biográficos que hay sobre este personaje tan enigmático, ciertos datos, sincronías y episodios de su vida nos llevan a la conclusión de que todo parece indicar que estamos ante “el perfil de un rosacruz clásico” (Ernesto Milá) (6).
FUERZA HONOR TRADICIÓN
Janus Mons Jovis

NOTAS:
(2) Puede que la imagen que mejor lo describa sea el famoso óleo de Caspar David Friedrich, el gran pintor del romanticismo alemán apodado “el místico del pincel”-, óleo que nos muestra a un hombre de espaldas ante un paisaje rocoso difuminado por una niebla tan tupida como inquietante, tenebrosa, densa. No podemos ver su cara (impersonalidad activa), ni la expresión de sus ojos ante la temible belleza que se le aparece enfrente, pero sí podemos adivinar en su gesto una actitud de impasibilidad, de viril desafío ante lo que se le avecina, y una gran y resuelta rectitud con la que materializa su voluntad de superarlo, mantenerse firme ante la adversidad “inasequible al desaliento”. También participó con sus extraordinarios dibujos en la obra «Monumentos Arquitectónicos de España», una colección de 30 cuadernos publicados entre 1859 y 1881 donde se incluyen monumentos sagrados de hasta 24 provincias españolas, siendo de tal calidad sus dibujos que han sido calificados de «fotografías de lápiz» (A. Pidal y Mon), de «grabados en acero» (F. Canella).
(3) Alejandro Pidal y Mon (Madrid, 26 de agosto de 1846-Madrid, 19 de octubre de 1913), amigo del personaje que tratamos, fue un político y académico español. Fue ministro de Fomento en 1884, en un Gobierno de Cánovas del Castillo, miembro y director de la Real Academia Española, numerario de la Real Academia de la Historia, presidente del Congreso de los Diputados y embajador de España ante la Santa Sede. Fue uno de los más ardientes defensores de la llamada Unidad Católica de España. En 1881 fundó el partido Unión Católica.
(4) Nos viene ahora a la memoria unas palabras que Julius Evola escribió en su libro autobiográfico «El Camino del Cinabrio» sobre la moral espartana de Guido De Giorgio, uno de sus grandes referentes y que también colaboró con él tanto en la aventura de «El Grupo de Ur» como de “La Torre”, definido por el propio Evola como un «iniciado en estado salvaje»; su desprecio por el mundo moderno, que lo sentía como algo profundamente ajeno a él, era tal que se retiraba a la soledad de las montañas teniéndolas como su propio hábitat natural. Con el excepcional Guido De Giorgio, nuevamente parafraseando al escritor Marcos Polvoranca, estaríamos ante otro caso de un hombre perteneciente al “No mundo”…
(5) “En la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, bajo una modesta losa de pizarra, reposan los restos de Roberto Frassinelli. No siempre estuvieron allí. Hasta 1977, los escasos iniciados que se internaban en aquel paraje fantasmal para rendir un tributo casi secreto a un personaje que había muerto dejando tras de sí una larga serie de enigmas, tenían que alejarse unos pasos del templo para adentrarse entre la agreste vegetación de un cementerio medio abandonado y rebuscar el sepulcro que acogía sus cenizas. El traslado de sus huesos fue el inicio de un ‘movimiento’ de recuperación de su figura y su legado que llegó a su momento álgido en 1987, cuando, con motivo del centenario de su muerte, se celebró una exposición que arrojó no poca luz sobre la vida y el legado de quien fuera una de las figuras más importantes de la cultura asturiana del XIX. Después, volvió el silencio” (Miguel Barrero, “Roberto Frassinelli, el alemán que descubrió Covadonga”).
(6) Ernesto Milá, “El Misterio Gaudí”. Precisamente en este extraordinario libro, el autor también recalca las sincronicidades y paralelismos que el gran arquitecto español Antonio Gaudí tuvo con Frassinelli, figura esta que Milá trata de pasada en su libro; el autor llega a la conclusión que “siendo la experiencia rosacruz una vivencia esencialmente interior, es hasta normal que quienes la han experimentado sean vidas paralelas”. Antonio Gaudí, como Frassinelli, también en su juventud simpatizó con movimientos revolucionarios e incluso con la masonería, fue arquitecto (“trabajaba la piedra”, como el mítico Christian Rosenkreutz), escasos datos biográficos en su vida (y no digamos fotográficos), principalmente de su juventud, escapadas y meditaciones en la naturaleza (montaña, cuevas, bosques, etc), el impulso por levantar un templo o edificio sagrado; todo ello hasta sufrir una verdadera catarsis, una radical transformación interior que le lleva a retirarse del mundanal ruido; generalmente todo esto suele ser la norma de todos aquellos que optan en un momento de sus vidas por una “vía autónoma a la trascendencia”, y la Tradición Sapiencial fija dos tipos de vías de realización para ello: la Vía de la Mano Derecha y la Vía de la Mano Izquierda. Los casos citados de Frassinelli, Gaudí, Guido De Giorgio, -sin olvidarnos del mítico Christian Rosenkretz- entre los citados en este artículo, sin duda podríamos adscribirlos a la Vía de la Mano Derecha; pero no queremos terminar sin mencionar a otra gran figura del arte español del Siglo XX y que podríamos adscribir sin ningún género de dudas a la Vía de la Mano Izquierda: Salvador Dalí, gran admirador por cierto de Antonio Gaudí y devoto de la Santina (la Virgen de Covadonga). Lo que en unos es ascesis, desapego, introspección; en otros en cambio es excentricidad, vivir en el “mundanal ruido” (Fray Luis de León) pero sin verse arrastrado por él -o intentarlo al menos- y sus terribles destrucciones (físicas, espirituales y existenciales): sin duda ésta es la más peligrosa y la más difícil de seguir en esta fase crepuscular y terminal de la Edad Oscura donde “los Dioses se han retirado»: “Alguien dijo hace muchos siglos que se iban los dioses, y como la imitación no es propiedad exclusiva de los monos, alguien anunció mucho después que se iban los reyes y alguien ha añadido últimamente que se va la poesía. Ni los dioses, ni los reyes, ni la poesía se van. Los dioses y los reyes, lo más que hacen es mudar de nombre, y la poesía lo más que hace es mudar de voz. La poesía no se irá mientras no se vaya la humanidad… porque la poesía es el corazón humano” (Antonio de Trueba, «El Libro de las Montañas»). Hay otra figura excepcional -en este caso en el terreno de la política, aunque también en cierto modo del arte ya que su objetivo fundamental fue la instauración de un «Estado Artístico»-, que también podríamos adscribir en esta segunda «vía autónoma hacia la trascendencia» y también oriundo de tierras germánicas, sin duda una de las figuras más enigmáticas, fascinantes y misteriosas del siglo XX, y que a lo largo de su vida adquirió ciertos caracteres míticos, metahistóricos e incluso avatáricos, y por supuesto hoy odiado, estigmatizado, vilipendiado y convertido en la auténtica bestia negra -en el enemigo metafísico más bien- de la subversión plutocrática y demomarxista, que desde 1945 han impuesto su tiranía global y han convertido a Europa en un completo estercolero, nos estamos refiriendo al legendario Fundador y Caudillo del III Reich -y por el que Salvador Dalí sintió también una profunda fascinación-: Adolf Hitler.

Iglesia de Santa Eulalia de Mérida
donde se encuentra la sepultura del «alemán del Corao».
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«Buscad la luz de las palabras de vida en vez de contentaros de su vestimienta de sombra».
Louis Cattiaux
«El mayor tesoro, después de Dios, es una buena voluntad en este mundo: aunque todo se haya perdido, por ella todo puede recuperarse».
Angelus Silesius
«Así como el tiempo es un juego ante Dios, así era la vida exterior del hombre primigenio, un juego ante la vida interior y sagrada, verdadera imagen de Dios».
Jacob Böhme
La palabra teosofía proviene del griego theosophia, que combina theos (Dios) y sophia (sabiduría). Su significado etimológico es, por lo tanto, «sabiduría de Dios». La Teosofía cristiana (1) considerada como «una de las corrientes principales en la historia del esoterismo occidental» (Wouter Hanegraaff), fue un movimiento de carácter iniciático y esotérico que operó entre los siglos XVI y XVIII principalmente, fue, sin lugar a dudas, una de las últimas manifestaciones de un cristianismo marcadamente esotérico, metafísico y mistérico, que muy probablemente surgió como una corriente subterránea del último rosacrucismo, movimiento místico-iniciático de origen bajomedieval que, según la leyenda, cuyos últimos representantes decidieron abandonar Occidente tras la Guerra de los Treinta Años y la Paz de Westfaslia de 1648, eventos que para reputados autores perennialistas como Julius Evola o René Guénon, marcaron el principio del fin de Occidente -la spengleriana «decadencia de Occidente»-, la ruptura de éste con el Centro del Mundo (el mítico «Reino del Preste Juan» del Medievo gibelino) y con la Tradición Primordial: «La Teosofía es, pues, una mística, un intento y un camino de penetración en los misterios más inefables y sagrados de la Creación, cuyo conocimiento vedado al hombre a causa del estado caído, puede revelársele gracias a su Regeneración. No es una mística de evasión, ascética, sino una búsqueda paradójicamente ‘activo-pasiva’ en la vida encarnada de cada día, a la que el buscador intenta asociar cada vez más la divinidad, y cuya finalidad última, expresada en lenguaje cristiano, es la corporificación de Cristo en el místico» (J. Peradejordi)(2). Conocimiento del hombre, conocimiento de Dios, descondicionamiento, Transformación Interior, Reintegración y Regeneración, procesos que en el esoterismo rosacruz se asemejan al alumbramiento del «atomo crístico» (también denominado Sensorium por algunos teósofos), simbolizado de forma alegórica con la apertura de una rosa roja en el centro de la Cruz, símbolo de la quintaesencia, de la iluminación y de la restauración del hombre primordial en la tradición hermética, la conquista del Centro (simbolizado por el Corazón) y la vuelta al Origen.
La Teosofía tuvo principalmente su punto de irradiación en Alemania, a través de figuras como Jacob Böhme, Angelo Silesius o Kart von Eckarthausen (autor de dos obras sublimes «Una Nube sobre el Santuario» y del «Catecismo de la Química Superior»), entre los más famosos; pero también surgieron reputados teósofos en Holanda, Francia, inglaterra, etc., figuras como los hermetistas Cornelio Agripa, Paracelso o Atanasius Kircher, figuras enigmáticas como la del misterioso «noble viajero» Conde de Saint-Germain (autor del tratado hermético «La Santísima Trinasofía»), Johann Georg Gichtel (autor de «Teosophia práctica»),
William Law, Robert Fludd, Tomas Vaughan, Emmanuel Swedenborg, Michael Maier, Daniel Cramer (autor de «Emblemas Rosacruces», centrándose principalmente en el simbolismo hermético-alquímico del Sagrado Corazón), y un largo etc. En buena medida, este movimiento iniciático y esotérico cristiano bebió o fue deudor principalmente de dos corrientes espirituales, estableciéndose, así, una clara línea de continuidad: la mística renana medieval del Maestro Eckhart y de sus discípulos Juan Tauler y Enrique Susón sobre todo (Siglo XIV), que surgió como una reacción frente a la decadencia de la escolástica y al cerril y fanático dogmatismo güelfo, y del rosacrucismo -fundado por el mítico Christian Rosenkreuz (nombre simbólico: Cristiano Rosa+Cruz), y también oriundo de tierras germánicas según la leyenda-, surgido también sobre la segunda mitad del siglo XIV (1378 en concreto, «curiosamente» el mismo año en que tuvo lugar el grave Cisma de Occidente, coincidiendo con el derrumbe del ecúmene medieval); de hecho, casi coinciden en el tiempo la aparición de los manifiestos rosacrucianos previos al estallido de la Guerra de los Treinta Años (1618-48) y el surgimiento o manifestación germinal de este interesante movimiento doctrinal y místico, concretamente en torno a los siglos XVI y XVII (3). Ni que decir tiene, que todas estas corrientes iniciáticas y esotéricas fueron rechazadas o condenadas de raíz por heréticas por la putrefacta Iglesia güelfa que, como decía el gran perennialista católico francés Louis Cattiaux en una correspondencia que tuvo en 1949 con gran Testigo de la Tradición del siglo XX René Guénon: «que no ven en su religión más que el aspecto histórico, el social y el de la moral, ignorando el místico, el cosmogónico y, por encima de todo, el adeptado; y hablo de los más esclarecidos, pues ni siquiera me atrevo a nombrar a la turba supersticiosa y siniestra que gravita alrededor de los templos muertos… Es lógico, pues después de haber negado y rechazado la ciencia de Dios expulsando a los gnósticos, es normal que también rechacen el amor de Dios suprimiendo a los místicos. Es el triunfo de los epíscopos sobre los iluminados y los iniciados, pero es un triunfo como el de la yedra sobre el árbol que la nutre y la sostiene. Cuando éste muere, al parásito no le queda mucho tiempo». Todas estas corrientes esotéricas e iniciáticas que surgieron e intentaron regenerar a Europa antes de su ruptura definitiva con el Centro del Mundo, interpretaban las enseñanzas cristianas desde un punto de vista hermético, simbólico y metafísico, alumbrando un Cristianismo sapiencial que era mucho más que una simple moral, o una simple enseñanza extremadamente dogmatizada, sentimentalizada, aburguesada, vulgarizada, democratizada y afeminada hasta la náusea (véase el actual estado pútrido e inmundo de la Iglesia postconciliar…), y que sólo ve en las Sagradas Escrituras un cúmulo de vulgaridades de tipo moral o social, «como si para el mantenimiento de toda esa mediocridad se necesitara de una intervención verdaderamente suprahumana» (René Guénon). Para los teósofos cristianos el Cristianismo es una verdadera ciencia que nos enseña a restablecer la comunicación con lo divino, con la Patria Celeste; el restablecimiento del Deva-Yana, el Camino o la Vía de los Dioses interrumpida tras la Caída primordial y el consiguiente descenso cíclico e involutivo desde un punto de vista espiritual que nos llevó de la apolínea y uránico-viril Edad de Oro a esta demoníaca fase final de la Edad Oscura o Sombría (Kali-Yuga, Edad de Hierro). El teósofo alemán K.V. Eckartshausen lo llamó «el Camino de la Felicidad», ello tras «la verdadera edificación del Templo», es decir, tras la revolución interior y del alumbramiento del «atomo crístico» que conducen al nacimiento del Hombre Nuevo, al hombre cristificado o divinizado: «es la búsqueda de Jesucristo que el corazón ha de recibir para transformarse en un verdadero templo en el que nos enseñará todo lo que deseamos saber» (K.V. Eckartshausen, «Una Nube sobre el Santuario»).
Los teósofos se consideraban a sí mismos como sacerdotes según el Orden de Melquisedek, misterioso personaje que aparece esporádicamente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Rey de la misteriosa Salem y que aunaba en su misma persona las autoridades espiritual, temporal y profética (recordemos el mito crístico de los Tres Reyes Magos «venidos de Oriente», representantes de esos tres poderes sagrados y de la misma Tradición Primordial -hoy «oculta» o «subterránea» para la gran mayoría de la humanidad a medida que avanza la Edad Sombría o Kali-Yuga), identificado en el Medievo gibelino con el «Reino del Preste Juan».Centro del Mundo en el Kali-Yuga o Edad Sombría según René Guénon, al mismo tiempo que símbolo polar (con diversas denominaciones: Agartha, Shamballa, la «Morada de la Inmortalidad», la «Ciudadela Solar» de los Rosacruces, la «Montaña de los Profetas» de la gran mística y visionaria católica alemana Anna Caterina Emmerich); Legislador Primordial y Universal del presente Manvantara (y que ya toca a su fin, actualmente estamos ya en el nadir del Kali Yuga…), el Chakravarti -«monarca universal» -de la tradición indo-aria, es el Manú de dicha tradición, Manes en la tradición indo-irania, Minos en la helénica, Mina o Menes en la egipcia, Menw en la céltica, Mannus en la germánica, Numa en la tradición romana, etc., como señala René Guénon, «Este nombre, por otra parte, no designa en absoluto a un personaje histórico más o menos legendario, lo que designa en realidad es un principio, la Inteligencia Cósmica que refleja la luz espiritual pura y formula la Ley (Dharma) propia de las condiciones de nuestro mundo o de nuestro ciclo de la existencia; y es al mismo tiempo el arquetipo del hombre considerado especialmente en tanto que ser pensante (en sánscrito Manawa)» (4). Este personaje arquetípico y simbólico, representa a la dinastía sagrada solar, apolínea y uránico-viril de los orígenes del presente Manvantara o Ciclo Humano -la Edad de Oro-, ello mucho antes de la escisión y consecuente bipartición en la fase descendente que se produjo remotamente de la pura espiritualidad áurea originaria en las dos castas de los Brahmanes (sacerdotes) y de los Kshatriyas (nobleza guerrera) y, nuevamente en palabras del gran metafísico del siglo XX al hablar del Centro del Mundo en esta Edad Crepuscular, «este centro ha recogido la herencia de la antigua dinastía solar (Surya-vansha) que se hallaba antiguamente en Ayodhy(la «Ciudadela Solar» de los Rosacruces), y que hacía remontar su origen a Vaivaswata, el Manú del ciclo actual… pero a medida que se avanza en el Kali-Yuga, la unión con este centro, cada vez más cerrado y oculto, se hace más difícil, al mismo tiempo que se hacen más raros los centros secundarios que le representan exteriormente; y sin embargo, cuando acabe este período, la tradición deberá manifestarse de nuevo en su integridad, ya que el comienzo de cada Manvantara, coincidiendo con el final del precedente, implica necesariamente, para la humanidad terrena, la vuelta al estado primordial« (René Guénon).
Podríamos identificar tres características de la Teosofía que la asemejaban con la experiencia rosacruz, buscando ambas, en esencia la realización interior, la victoria del hombre trascendente sobre su parte puramente material, sentimental o meramente animal (que es lo que caracteriza al postmoderno subhumano masificado, idiotizado y democratizado hasta la médula de nuestros días -la Edad Crepuscular-), del «hombre espiritual interior frente al hombre de los sentidos « (K.V. Eckartshausen), el sometimiento del Yo Egótico al Sí Interior (como decía el gran Antonio Medrano, se trata más de «insistir» -vivir hacia dentro de uno mismo, siguiendo un Orden, una Norma y una Guía existenciales-, que del mero «existir» del patético, mundanizado y desvirilizado hombre-masa -vivir totalmente desordenado, desnortado y desprincipiado, convertido en un mero esclavo de los sentidos, un auténtico subhumano desprovisto de verdadera conciencia, de identidad, de verdadera personalidad-). Esas tres características fundamentales que encaminaban al Iniciado a la «cristificación» serían, según el esoterista francés Antome Faivre, autor del libro «El Esoterismo en el Siglo XVIII»: el triángulo Divino/Humano/Naturaleza: «El análisis inspirado que circula a través de estos tres ángulos. Lo intradivino interior; el origen, muerte y ubicación del ser humano en relación con la Divinidad y la Naturaleza; La Naturaleza como vida, lo externo, lo intelectual y lo material. Las tres correlaciones complejas se sintetizan a través del intelecto y los procesos imaginativos de la Mente»; la primacía del elemento mítico: «la imaginación creativa, un mundo externo de símbolos, glifos, mitos, sincronicidades y la miríada, junto con la imagen, todo como una realidad universal para la interacción unida por la mente creativa»; y, finalmente, el acceso a los mundos supremos: «el despertar interior, que posee inherentemente la facultad de conectarse directamente con el (los) mundo (s) divino (s). La existencia de una habilidad humana especial para crear esta conexión. La capacidad de conectarse y explorar todos los niveles de la realidad; co-penetrar lo humano con lo divino; vincularse a toda la realidad y experimentar un despertar interior único», es decir, que el hombre tiene la posibilidad de trascender, el poder (aunque inicialmente esté en estado de latencia -el «átomo crístico» del que hablaban los rosacruces, el «Sensorium» de los teósofos) de conectar con lo divino, con el mundo celeste, y ello sin necesidad de una casta sacerdotal intermediaria o mediadora -y generalmente parasitaria-, diferenciando claramente entre la experiencia iniciática y la mística, o entre el verdadero ascetismo y la mera sacerdotalidad antiviril, antiheroica y lunar (sacerdocio católico): «Desde el punto de vista espiritual, «Rosacruz» – exactamente igual que «Buda», «preste Juan» o «Caballero de las dos Espadas» – es esencialmente un título que distingue un determinado grado de realización interior. El término se explica a partir de un simbolismo universal, más que específicamente cristiano. En este simbolismo, la Cruz representa el encuentro de la dirección hacia lo alto, expresada por la vertical, con el estado terrestre, expresado por la horizontal – . Este encuentro se produce casi siempre en el sentido de una parada, de una neutralización, de una caída (la «crucifixión del hombre trascendente en la materia»…). Por el contrario, en el iniciado se resuelve en una plena posesión de las posibilidades de la condición humana, que resulta transformada a causa de ello, y precisamente hay un desarrollo de este tipo, concebido como un abrirse, un expandirse y un florecer, indicado por la rosa, que en el símbolo rosacruz se abre hacia el centro de la cruz, o sea hacia el punto de intersección de la dirección vertical con la horizontal. Como verdaderos rosacruces deben considerarse personalidades unidas entre sí a través de la identidad de tal realización. La organización de la que formaron parte se considera algo derivado y contingente» (Julius Évola).

Para autor perennialista francés Serge Hutin (1929-1997), la Teosofía estaba claramente influenciada por el sistema contemporáneo de los rosacruces, que asociaba metafísica, simbolismo, iluminismo, misticismo, astrología y alquimia propiamente dicha. «La concepción evangélica rosacruciana parte de la base de que Cristo no es algo exterior al hombre. vivir el «estado crístico» es equivalente a percibir la propia alma. Para el adepto rosacruz no basta con ‘creer’ que tiene un ‘alma eterna e inmortal’, hace falta que la sienta con la misma fuerza (o más) con que puede sentir en estado de conciencia ordinaria cualquier parte de su propio cuerpo. A esto se le llama ‘Cristo Íntimo’ « (Ernesto Milá). Ese «Cristo Íntimo» está en estado de latencia en la mayoría de los hombres, y ya no digamos en estos momentos de avance a una velocidad de vértigo de las corrientes tenebrosas y destructivas de la Edad Sombría que acompañan el final de todo un Ciclo Humano (Manvantara). Antes de la Caída primordial y la expulsión del Paraíso el hombre era de esencia crística -divina-, pero después de ambos eventos involutivos, cuando el hombre pierde su esencia divina e inmortal y rompe o se aleja de la espiritualidad solar, olímpica y uránica de la Edad de Oro (la verdadera Edad del Ser, la Era de los Iniciados, es decir, antes de la escisión del elemento uránico en dos castas: aristocrático-guerrera y sacerdotal), deja de estar conectado con la Tradición Primordial, con el Centro del Mundo, con el Principio Supremo, la parte espiritual y metafísica del hombre poco a poco se fue retrayendo en él hasta quedar reducida a un «átomo-chispa», también denominado «átomo crístico»; utilizando la simbología hermética, el hombre se fue desprincipiando y desnortando a medida que se fue alejando de la espiritualidad uránico-viril de los orígenes perdiendo la Inmortalidad e iniciando un proceso de caída involutiva y progresiva, un descenso en la pura materialidad, en los «infiernos» (nigredo), sólo mediante un arduo proceso de purificación, de iniciación, de transformación interior, de re-integración y de espiritualización (albedo), logrará la iluminación y la expansión de ese «átomo-crístico» que acabarán alimentando espiritual y metafísicamente a todo el ser: nacimiento del «Hombre Nuevo» (rubedo), «solve et coagula», para el esoterismo cristiano la conquista del CHRISTUS PHILOSOPHORUM, del «Cristo Íntimo», el equivalente a la «Piedra Filosofal» de la tradición alquímica o de la «Piedra Angular» de la simbología constructiva de la Masonería operativa y tradicional del Medievo: materializar el espíritu, espiritualizar la materia. El rosacrucismo, al igual que anteriormente el gnosticismo, el hermetismo o el templarismo, movimientos todos ellos combatidos con saña y auténtico odio por el catolicismo romano, fue un intento de trascender el mero exoterismo y el brutal dogmatismo de la doctrina oficial de la Iglesia conquistada por un orgullo mundano y casi demoníaco, una Iglesia cerrada en banda hacia toda vía verdaderamente sapiencial, trascendente y hacia el verdadero conocimiento y experiencia de lo sagrado, lo que, poco a poco, la irían anquilosando y esclerotizando hasta convertirse en un vector o apéndice más de la actual tiranía mundialista y multicultural de esta fase final de la Edad Oscura, en un agente más -y nada desdeñable- de la subversión mundial y contra-tradicional. Curiosamente, hubo una serie de símbolos tradicionales que compartían todos estos movimientos iniciáticos (hermetismo, templarismo, rosacrucismo, teosofía) con la tradición católica más ortodoxa, aunque evidentemente con distintos niveles de interpretación simbólica y esotérica; tres de los símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada y de la Tradición Primordial, simbolizando los tres el Centro del mundo, el Origen y la manifestación del Principio Supremo: la copa Grial, la Cruz+Rosa y el Sagrado Corazón; pero también muchos otros de carácter claramente hermético-alquímicos -y, por contra, considerados por el catolicismo romano como heréticos cuando no abiertamente demoníacos- como el Huevo, la Quintaesencia o el Andrógino. Desde un punto de vista esotérico y haciendo una exégesis ontológica de los textos verdaderamente sapienciales e iniciáticos de su doctrina, llegaríamos a una conclusión similar a la que apunta un interesante artículo publicado recientemente por el blog identitario «Huesteantigua»: «si despojamos al Cristianismo de su institución y de su forzado e incomprensible hermanamiento con el judaísmo, tenemos el «mito de un dios que “desciende” al mundo de los hombres y completa un ciclo heroico para regresar a las alturas», incluso cuando esté algo tergiversado y no haya tantas proezas como en mitos anteriores» (Aldebarán) (5).
La concepción que los teósofos tenían, en líneas generales, de Jesucristo era muy distinta a la versión puramente historicista y literalista al uso, lo asemejaban a la Lapis alquímica, el Sol Espiritual enviado por el Principio Supremo para dar a conocer a los hombres el medio de la Regeneración, «el misterio del Hombre Nuevo que se opera por la apertura del Sensorium» (K.V. Eckartshausen), poniendo más énfasis en el desarrollo de la Iglesia interior (buscar el reino de los cielos dentro de nosotros mismos) que de la exterior; para ellos todo es LUZ, más o menos oscurecida; Macrocosmos y Microcosmos están interconectados y la misma Naturaleza es una emanación de la propia Divinidad -lo visible es un reflejo de lo invisible-, y para ser sensible plenamente a la LUZ se necesita de un sentido espiritual elevado que nos permita percibir los objetos espirituales tal como nuestros sentidos perciben los objetos exteriores y puramente materiales: la apertura del Sensorium, del Átomo crístico simbolizado por el esoterismo rosacruz con la apertura de una desbordante y exuberante Rosa roja emanando del Centro de la Cruz Primordial, símbolo de la Quintaesencia, de la Iluminación, de la conquista del Centro y de la vuelta al Origen. A continuación, y a modo de colofón, reproduciremos un bello texto teosófico del siglo XVIII, realmente un versión hermética de la oración cristiana por excelencia:
EL PADRENUESTRO DE LOS HIJOS DE LA LUZ
-Fuerza Suprema de la Luz, tú que eres lo divino en la Naturaleza y que moras en lo más profundo de ésta como lo haces en el Cielo, santificados sean tus atributos y tus preceptos.
-Allí donde estás, todo es perfecto; que el Reino de tu Conocimiento vaya a los tuyos.
-Que nuestra única voluntad en nuestro trabajo seas tú, Fuerza de Luz que actúas por ti misma. Así como lo realizas todo en la Naturaleza, realízalo también todo en nuestro trabajo.
-Danos el rocío del Cielo y la grasa de la Tierra, los frutos del Sol y de la Luna que proceden del Árbol de la Vida.
-Perdónanos todos los errores que hemos cometido, al no conocerte, en nuestro trabajo; por nuestra parte, deseamos sacar del error a aquellos que han ofendido nuestros principios; no nos abandones a nuestra presunción y a nuestro propio saber, más libéranos de todo mal gracias a la consumación de tu obra. Amén.
“Igne Natura Renovatur Integra” (Por el fuego se renueva completamente la naturaleza).

Joan Mons Jovis
NOTAS:
1). No confundir con el Teosofismo o la Sociedad Teosófica, fundada a finales del siglo XIX (1875) por la charlatana y aventurera perturbada de origen ruso de Helena P. Blavatsky, una autentica aberración sincretista, contratradicional y contrainiciática que podríamos considerar como uno de los grandes movimientos precursores de la actual «Nueva Era» y que, para más inri, surgió precisamente en EEUU, esa maldita nación de parias y mercachifles a la que René Guénon denominó despectivamente como «El Extremo Occidente»… Sobre los objetivos primordiales y fundamentales de este movimiento deletéreo y subversivo ya lo dejó claro y de un modo muy cristalino su repulsiva fundadora en 1893: «Nuestro objetivo no es retaurar el Hinduísmo sino barrer el Cristianismo de la faz de la Tierra». La misma majadera, tramposa y falsaria -presuntamente «espiritualista»– autora de folletos como «Un mundo sin Dios», «El Evangelio del Ateísmo», y que según ella misma declaró trabajaba para propagar en el mundo el ateísmo: «Impropia y vulgarmente se ha dado también el nombre de teosofía a algunas formas de espiritismo y ocultismo que constituyeron la orientación doctrinal de una pretendida Sociedad Teosófica contemporánea. Esta Sociedad Teosófica no está, ni por su origen histórico ni por sus doctrinas, emparentada con la Teosofía de los siglos XVII y XVIII y, menos aún, con sociedades iniciáticas más antiguas» (Juli Peradejordi).
2).- En un interesante texto rosacruz anónimo se expone lo siguiente: «la Biblia es un manual de entrenamiento iniciático, que –contemplado desde un punto de vista trascendente y no literal– suministra todas las claves para alcanzar la Iniciación y emprender el camino hacia la Reintegración, es decir re-ligar (volver a unir) lo humano con lo divino. El eje del esoterismo cristiano es la caída de Adán, la expulsión del Paraíso, el momento en el que el ser humano deja de estar conectado con la Fuente, con el Uno, con Dios, para comenzar un peregrinaje o descenso en la materia, una aventura existencial que en las escrituras judeo-cristianas comienza en el Génesis, se desarrolla a lo largo del Antiguo Testamento, llega a su punto culminante con Jesús el Cristo, su nacimiento, su vida, su muerte y su resurrección, para finalizar en el Apocalipsis, con la Jerusalén Celeste. Por lo tanto, si despojamos a la Biblia de su carácter tribal y dejamos de asociarla a un pueblo específico, veremos en ella una historia, NUESTRA historia, entendiendo así y aceptando nuestro estado de “exilio” que en las corrientes sapienciales de Oriente aparece como un estado de “sueño” o “amnesia”, que no es otra cosa que el olvido de nuestra naturaleza original». Para la tradición hermética, los principales hechos y acontecimientos de la vida de Jesucristo durante la Semana Santa se corresponderían con las tres fases de la Obra Hermética (Nigredo, Albedo y Rubedo), idénticas a un proceso iniciático, correspondiéndose, pues, la Obra al Rojo (Rubedo) con la resurrección de Cristo y su ascenso al seno del Padre, siendo identificado por los alquimistas con la propia Piedra Filosofal; según algunos autores, las verdaderas palabras pronunciadas por Cristo y recogidas de forma tergiversada o mal traducidas en el Evangelio habrían sido «Yo soy las Piedra, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia», aludiendo a la propia Piedra Filosofal. De hecho, para muchos hermetistas la Alquimia era una forma de la propia revelación crística. Para el filósofo y teólogo Raimon Panikkar, el Cristianismo no fue propiamente una religión exotérica en sus orígenes, sino una doctrina iniciática y esotérica que se transmitía dentro de una organización cerrada, es decir no abierta a todo el mundo (exotérica), coincidiendo en este punto con René Guénon; por otro lado, también manifestó que, contrariamente a las religiones monoteístas y literalistas judía e islámica (no consideraba tampoco al Cristianismo como una religión monoteista), es erróneo considerar al Cristianismo como una «religión del Libro» más, tal como hoy se nos quiere hacer creer, sino una «Religión de la Palabra», entendiendo primeramente por religión su verdadera acepción original (y en estos tiempos oscuros tan profanada y tergiversada): del latín relegare, unir lo divino con lo humano, el Cielo con la Tierra, lo de Arriba con lo de Abajo, dado su simbolismo pontifical (de puente entre dos mundos). Por otro lado, R. Panikkar nos recuerda también que la Tradición Sagrada y Sapiencial -la Religio Perennis– en el mundo arcaico se transmitía oralmente, de maestro a discípulo, en cadenas o cofradías iniciáticas, iniciándose real y progresivamente el proceso de decadencia y de alejamiento con respecto a la espiritualidad primordial cuando el Verbo, la Palabra, la Tradición Sagrada comenzaron manifestarse o a exponerse por escrito.
3).- Julius Evola, otro de los grandes Testigos de la Tradición Primordial en el siglo XX, en su libro «El Misterio del Grial» (1934), concretamente en uno de sus capítulos dedicado a los Rosacruces dice al respecto: «Los rosacruces no titubeaban en condenar a «los blasfemos de Oriente y Occidente», aludiendo visiblemente con ello a los islámicos y a los católicos; y añadían que tenían intenciones de «hacer polvo la triple diadema del Papa», reivindicando para sí mismos una más elevada «ortodoxia» y autoridad espiritual. La referencia a la triple corona papal no carece aquí de significado especial, ya que esa diadema figura entre los símbolos que se refieren propiamente al «Rey del Mundo» y a su función, función que por tanto – para los rosacruces- había usurpado el jefe de la Iglesia católica, y cuyo verdadero representante es su Imperator: Estas enigmáticas personalidades anunciaban que Europa estaba preñada y había de parir un poderoso hijo; además, hablaban de un Imperator «romano», «Señor del Cuarto Imperio», que decían que podía proporcionar inagotables tesoros. Del texto rosacruz ya citado, ‘Allgemeine Reformation der gantzen weiten Welt’, así como de la ‘Fama Fraternitatis’, se desprende la idea fundamental de que los rosacruces tienen la misión de llevar a cabo, antes de que llegue el «fin del mundo», un restablecimiento general, precisamente en el signo de su misterioso Imperator. Sin embargo, tras aparecer en París los dos últimos manifiestos rosacruces, una vez estallada la Guerra de los Treinta Años (1618-48) y acabada ésta con el Tratado de Westfalia (1648), que dio el golpe de gracia a la autoridad efectiva de lo que quedaba del Sacro Romano Imperio, parece que los últimos rosacruces abandonaron Europa, para trasladarse a una «India» que probablemente ha de interpretarse como aquella misma India simbólica que se asimilaba al Reino del Preste Juan, a la que, como veremos más adelante, se trasladaron el Montsalvatsche, el Grial y sus caballeros. El «fin del mundo» del que hablaban los rosacruces tan sólo aludía probablemente al fin de un mundo, o sea, de un ciclo de civilización, del mismo modo que la visión apocalíptica del desencadenamiento de las gentes de Gog y Magog – que aparece en la saga imperial – era sólo la prefiguración de aquella «locura de las masas» que en los tiempos modernos, tras la Revolución francesa y la caída de las mayores tradiciones dinásticas europeas, adquiriría proporciones cada vez más impresionantes». Para el esoterista chileno Miguel Serrano, la Paz de Westfalia de 1648 que fuso fin a la Guerra de los Treinta Años con la victoria de la subversión mundial (Humanismo, Protestantismo, Racionalismo, etc.), supondría el verdadero final de los fundamentos reales, metapolíticos y metafísicos del Sacro Imperio Romano-Germánico (aunque sobre el papel siguiera subsistiendo lánguidamente hasta su disolución en 1806). Los tres grandes textos rosacrucianos publicados en el siglo XVII en fechas previas al estallido de la Guerra de los Treinta Años son los siguientes: «Fama Fraternitatis» (1614), «Confessio Fraternitatis» (1615) y «Las Bodas Alquímicas de Christian Rosenkreuz» (1616), los tres anónimos aunque algunos autores se los han atribuido a Johann Valentín Andreae los dos primeros, y a Francis Bacon el tercero. Sobre el mítico y legendario fundador de la Orden de los Rosacruces Christian Rosenkreuz, dice Julius Évola: «Parece ser que la actividad de los rosacruces se inició en la segunda mitad del siglo XIV, y que el nacimiento del legendario fundador y reorganizador de la Orden, Christian Rosenkreuz, en 1378, es sólo un símbolo de la primera organización de la corriente. Carácter igualmente simbólico parecen tener también los distintos tratados de la vida de Rosenkreuz (eso no quiere decir que detrás de dicho nombre o título simbólico no hubiera detras un personaje real e histórico), que pasa doce años en un convento y luego hace algunos viajes a Oriente, donde será iniciado en la verdadera sabiduría. Ya hemos visto que Federico II aludió a una misteriosa procedencia oriental de su «Rosa». De ahí que pudiera tratarse de un complemento de la enseñanza ascética cristiana (Rosenkreuz en el convento) mediante un saber superior, del que todavía eran depositarias algunas organizaciones secretas orientales (árabo-persas). De nuevo en Occidente, Christian Rosenkreuz fue expulsado de la España superlativamente católica, como sospechoso de herejía; se estableció luego en Alemania, su patria, y es interesante al respecto esta referencia: la tierra natal de Rosenkreuz se halla en Alemania, «sin embargo, no se encuentra en los mapas». No transmitió su saber más que a un grupo muy reducido. Retirado a una cueva, que luego se convirtió en su tumba, quiso que ésta fuese ignorada por todos hasta que llegase la hora, o sea, 120 años después de su muerte. Dado que Rosenkreuz morirá en 1484, el descubrimiento de la cueva y de la tumba se producirá en 1604, o sea, poco más o menos en el período en que la corriente de los rosacruces empieza a dar que hablar y aflora, en cierto modo, en la historia, «como si literalmente hubiese salido de bajo tierra». El período intermedio, en este relato simbólico, tal vez aluda a una época de reorganización subterránea, mientras que en el período transcurrido entre 1604 y 1648 -fecha hacia la cual, según la tradición, los rosacruces abandonan definitivamente Europa- se puede ver un intento de ejercer una determinada influencia sobre el clima histórico de Occidente despertando la sensación de determinadas «presencias» y re evocando también el símbolo del Reino invisible. Es realmente asombroso el número de escritos que en ese período aparecen sobre los rosacruces. Por una especie de sugestión colectiva, pese a no saberse nada preciso sobre ellos, los rosacruces se convirtieron en un mito y dieron origen a la literatura más variada, en pro y en contra, hasta que en cierto momento aquel interés antaño tan vivo se desvaneció con la misma rapidez con que se había despertado: poco más o menos como había ocurrido con la literatura del Grial hacia finales del siglo XII y principios del XIII». Efectivamente, es curioso que el final de la literatura iniciática y esotérica del Grial, el de la misma Orden de los Caballeros Templarios y el propio surgimiento -aunque subterráneo– de los Rosacruces, coincide en el tiempo precisamente con el colapso y principio del fin del Medievo gibelino, etapa de decadencia que es cuando René Guénon inicia el surgimiento germinal de la subversión moderna y progresista.
4).- «El Rey del Mundo», René Guénon, 1927. «El título de «Rey del Mundo», tomado en su acepción más elevada, la más completa y al mismo tiempo la más rigurosa, se aplica propiamente a Manu, el Legislador primordial y universal, cuyo nombre se encuentra, bajo formas diversas, en un gran número de pueblos antiguos; a este respecto, recordaremos solo el Mina o Ménès de los egipcios, el Menw de los celtas y el Minos de los griegos. Por lo demás, este nombre no designa de ningún modo a un personaje histórico o más o menos legendario; lo que designa en realidad, es un principio, la Inteligencia Cósmica que refleja la Luz espiritual pura y formula la Ley (Dharma) propia a las condiciones de nuestro mundo o de nuestro ciclo de existencia; y es al mismo tiempo el arquetipo del hombre considerado especialmente en tanto que ser pensante (en sánscrito mânava). Por otra parte, lo que importa esencialmente destacar aquí, es que este principio puede ser manifestado por un centro espiritual establecido en el mundo terrestre, por una organización encargada de conservar integralmente el depósito de la tradición sagrada, de origen «no humano» (apaurushêya), por la que la Sabiduría Primordial se comunica a través de las edades a aquellos que son capaces de recibirla. El Jefe de una tal organización, que representa en cierto modo a Manu mismo, podrá legítimamente llevar su título y sus atributos; e incluso, por el grado de conocimiento que debe haber alcanzado para poder ejercer su función, se identifica realmente al principio del que es como la expresión humana, y ante el cual su individualidad desaparece. Tal es efectivamente el caso del Agarttha, si ese centro ha recogido, como lo indica Saint-Yves, la herencia de la antigua «dinastía solar» (Sûrya-vansha) que residía antaño en Ayodhyâ, y que hacía remontar su origen a Vaivaswata, el Manu del ciclo actual» («Realeza y Pontificado», René Guénon).
5).- «Huestantigua, la Voz de los Abismos Interiores»: «Sobre el Cristianismo», artículo publicado el 26-09-2025.

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LLAMAD Y SE OS ABRIRÁ…

«Mira que estoy a la puerta y llamo».
Apocalipsis 3, 20
«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá«.
Mateo 7:7-11
“La puerta posibilita o impide el paso según esté abierta o cerrada. Con puerta y portón se une la idea del umbral entre dos ámbitos, el exterior y el interior, el hoy y el mañana, lo profano y lo sagrado… La idea de una puerta entre el más acá y el más allá era también familiar en el pensamiento bíblico».
Manfred Lurker
La Puerta, uno de los grandes símbolos de la Ciencia Sagrada y de la Tradición Perenne, se nos muestra como el símbolo de un lugar de acceso a una realidad superior, es todo un Arquetipo, en este caso de carácter femenino por lo que tiene de «penetración», al contrario del Muro, símbolo de carácter masculino por lo que tiene de «contención», de «separación» de dos mundos. En el ritual católico, “Janua coeli”, puerta del cielo, es una de las advocaciones en las letanías de la Virgen que evoca este simbolismo de lo femenino. Pero este paso de acceso, de «penetración», siempre tiene los dos sentidos; como todo Símbolo es ambivalente, puede tener varios significados, unos de carácter positivo y otros negativo, de forma que también se puede realizar en sentido inverso. En sentido positivo, el símbolo de traspasar una puerta -el misterio del «tránsito»– puede significar el paso a un mundo superior metafísicamente hablando, a otro estado de conciencia y de descondicionamiento, a un Orden Nuevo de la realidad y por supuesto de ascenso espiritual; la puerta de acceso al Templo, entendido éste como Centro o Eje del Mundo –Axis Mundi– (y en el catolicismo como el símbolo microcósmico del Hombre-Dios), como punto de unión entre el Cielo y la Tierra, entre lo invisible y lo visible, entre el mundo divino y el humano, principal característica de todo lugar de poder o construcción sagrada. Como decía el gran autor perennialista católico francés Jean Hani: «Franquear una puerta para penetrar, aunque sea en la más humilde morada, constituye algo grave y solemne, que de la forma más natural se convierte en un rito». Recordemos que en los templos de antaño, especialmente en los fascinantes artes románico y gótico del Medievo, en la entrada de los edificios sagrados se colocaban estatuas de arqueros, temibles guerreros, dragones, leones, águilas, animales mitológicos (fénix, unicornio, basilisco, grifo, centauro), héroes semidivinos, o propiamente divinos, etc., todo ello a modo de guardianes simbólicos del espacio sagrado y consagrado. La puerta separaba el lugar santo del mundo profano, a través de ella se pasaba, del mundo de los simples mortales al Reino de la Inmortalidad, también del «tiempo real» al «tiempo mítico» o «tiempo primordial»: «Tú que entras, vuélvete hacia el Cielo»;en el rico simbolismo del templo cristiano la puerta era un símbolo cósmico y el dintel se redondeaba para mejor significar el Cielo, a donde conduce Cristo -Sol de Justicia, Sol Espiritual-, simbolizado en la puerta; el carácter semicircular del dintel también simbolizaba la trayectoria cíclica del Sol desde su salida hasta su ocaso, al igual que con la pareja de torres gemelas que aparecen en muchos templos; tanto en el gótico como en el barroco en la decoración arquitectónica de sus catedrales, la portada era tratada como retablo del altar, símbolo éste del espacio consagrado y ritual que conecta con lo divino, lugar donde se produce con la «apertura» ritual y mistérica, la hierogamia entre el Cielo y la Tierra. En la misma arquitectura del Templo se tenía como modelo a la Montaña Cósmica, símbolo ésta del Centro del Mundo, de la misma manera que la puerta, la cripta o el altar simbolizaban a la Cueva primordial, asimiladas ambas al corazón del Templo y de la Montaña respectivamente, tratándose de símbolos complementarios, masculino uno -la Montaña-, femenino el otro -la Cueva-: «El simbolismo de la Cripta, “el lugar escondido”, de las iglesias cristianas conserva el simbolismo de la Cueva; allí reposan las reliquias de los Mártires y los Santos sobre las que se eleva toda la edificación del Templo» (René Guénon).

Por otro lado, la apertura de una puerta (simbólicamente hablando) puede significar absolutamente todo lo contrario, la penetración en nuestro mundo de las potencias del caos y de la oscuridad, la entrada en nuestro mundo de las fuerzas infernales, las potencias del caos y de la destrucción; es curioso que en esta Edad Crepuscular en la que estamos inmersos, precisamente son los sectores más subversivos y plenamente disolutorios -y encaramados en el poder como una auténtica contrajerarquía contratradicional y contrainiciática- de una sociedad extremadamente malignizada, envilecida, profanadora y desconsagrada los que abogan por la «apertura» de fronteras, ello para favorecer la invasión y el aniquilamiento definitivo de Occidente por parte de las tenebrosas y apocalípticas hordas infrahumanas de Gog y de Magog. La llegada de la Modernidad, su implantación tiránica en el mundo de forma global, totalitaria y con todas sus perversiones y destrucciones (mundialismo, multiculturalismo, «new age» – la «segunda religiosidad» de la que hablaba Oswald Spengler-, las ideologías «woke» y «de género»), es todo un Símbolo de lo que ocurre cuando se abren las puertas a la Subversión, ello consciente o inconscientemente, el resultado siempre es el mismo. Ocurrió con Occidente en la etapa que discurre entre los siglos XIV (derrumbe del ecúmene medieval) al XVII (Guerra de los 30 Años, «ocaso de Occidente» con la Paz de Westfalia de 1648 y con la consiguiente descomposición del Sacro Imperio), génesis de la aberración modernista, así como de su consecuencia directa que es la actual demencia liberal-progresista y tecno-plutocrática -culminación de la demoníaca postmodernidad transhumanista y multicultural actual- (güelfismo, humanismo, protestantismo, liberalismo, racionalismo, iluminismo, marxismo, freudismo, evolucionismo, consumismo, igualitarismo -nivelación por lo bajo-, etc.); ocurrió también con la Catolicidad europea tras el renunciatorio, derrotista y entreguista Concilio Vaticano II (1962-65, aunque la decadencia venía de atrás…), como también ocurrió en nuestra patria tras el denominado «lustro negro» con la Tra(ns)ición de 1973-78 que alumbró a uno de los regímenes más perversos, antitradicionales, criminales y corruptos de toda su historia (y en ello estamos aún, en pleno Finis-Hispaniae quizás…) Una cosa que enseña sobremanera la Historia (con mayúscula) es que con la Subversión no se pacta, se la combate: se hace frente y se lucha contra todo aquello que nos niega; con la subversión, con los enemigos de la Verdad, ni se dialoga ni se discute ni se contrasta, se los combate. Abrir las puertas a la Subversión no es señal de «bondad», de «comprensión», de «amor» (bobalicón, en todo caso, además de un sentimentalismo burgués y afeminado hasta la náusea), o de una presunta «fortaleza» como se nos ha venido diciendo -intentando justificar lo injustificable- incluso desde algunos púlpitos, sino de debilidad, de degeneración extrema y de traición, la tolerancia es cosa de cobardes, de fracasados y de eunucos existenciales, y para el catolicismo misional e integral la vida en este mundo era una auténtica milicia y un combate espiritual, la puerta de acceso a la verdadera Inmortalidad. Siempre aferrarse a lo Absoluto, al Centro y al Origen, verdaderos paradigmas de todo Hombre de la Tradición que se precie…
Jano, el dios solar y apolíneo de doble faz de la tradición romana, era el Guardián de las Puertas en la antigua Roma. Simbología análoga tienen en el Cristianismo los dos San Juan, San Juan de Verano (Bautista) y San Juan de Invierno (Evangelista), las Dos Puertas Solsticiales, el Pitri-Yana y el Deva-Yana -la Vía de los Padres o Antepasados y la Vía de los Dioses- de la tradición indo-aria… De todas formas, todo ciclo civilizatorio, al igual que toda vida humana en este mundo, porta en sí las semillas de su propia muerte o autodestrucción (así ocurrió en Grecia, Roma, Egipto, Medievo, Siglo de Oro Hispánico, etc.), de la misma manera que toda tiranía o civilización caricaturesca como la actual, porta en sí los gérmenes de un nuevo renacer, de un nuevo resurgir. De la misma manera que la Modernidad abrió las puertas del Mal en el mundo de lo manifestado, sin embargo siempre habrá un «núcleo que represente la salvaguarda de lo permanente» (C.Z. Codreanu), es decir aquellos que acceden por la «puerta estrecha» de la que habla el Evangelio, y que siempre luchará por mantenerse en pie y por reunirse en simbólica y fraternal hermandad identitaria -a modo de «arca» salvadora-, y de avanzar sobre las arrolladoras ruinas diluviales de esta pseudo-civilización paródica e infernal que se deshace a una velocidad cada vez más creciente, abriendo las puertas simbólicas hacia lo Alto, pudiendo constituirse en el germen de un nuevo renacer, de un nuevo ciclo ascencional y áureo; en este mundo en ruinas que camina resueltamente hacia la descomposición, la disolución y desintegración diabólicas, ese «núcleo»-o «núcleos», a modo de los antiguos «nidos»del legionalismo heroico-viril y ascético, o de las männerbünde del antiguo mundo germánico, fratrías verdaderamente comunitarias e identitarias- serán como los nuevos «guardianes del umbral»: LOS TUYOS REEDIFICARÁN LAS ANTIGUAS RUINAS, TÚ LEVANTARÁS LOS FUNDAMENTOS DE LAS GENERACIONES PASADAS, SE TE NOMBRARÁ REPARADOR DE BRECHAS Y RESTAURADOR DE LOS CAMINOS Y CALLES DONDE HABITAR (Isaías 58:12-14).
“Yo soy la puerta: el que por mí entrare se salvará”
Juan 10:7/9
Joan Montcau

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Eduard, tal como te comenté por chat sobre tu último libro Tradición, antídoto a la decadencia es más que una obra crítica: pretende ser una llamada integral al hombre de hoy, para que no abandone el Eje, ni se confunda con el río moderno y artificial de nuestra actual sociedad. Es entrega absoluta a una herencia espiritual que, según tú, sigue viva en el corazón del que se decide por la “Vía de la Acción”, la contemplación y la preparación espiritual.
La dificultad de tu libro radica precisamente en eso: que no toma como eje las categorías habituales de análisis histórico (política, economía, sociedad, religión) sino que las atraviesa desde el prisma de la Tradición, algo mucho más abstracto y profundo.
Eso lo convierte en una obra exigente porque, en primer lugar, no se mueve en el plano descriptivo, sino en el axiológico (qué principios se mantienen o se corrompen). En segundo lugar, exige al lector pensar fuera del marco dominante de la modernidad, lo que ya es un esfuerzo extra. Y, por último, presenta la historia como una sucesión de velamientos y revelaciones de la Tradición, no como simples cambios de regímenes, doctrinas o sistemas económicos.
Por eso, para el lector común, no es un libro accesible sino a quien esté dispuesto a mirar la historia con otro prisma y asumir la Tradición como eje central, aunque invisible para la mayoría.
El lector puede ver en tu libro un “ideal” ficticio, y confundir “Tradición” con ideología. Estamos hablando del lector común con un nivel medio de cultura. Así, el lector le costaría encajar el patrón actual de nuestra sociedad con el mundo de la Tradición. Lo verían incompatibles. Lo que te digo no es nada nuevo, lo sabes. Es una obra valiente por su dificultad técnica a la hora de matizar y comparar, por ejemplo, Nuevo Orden Mundial con Tradición. Todos estos términos están reflejados en tu libro, queda claro para los que entienden el tema.
Y en el ámbito político…el lector puede ver en la “Tradición” una carga ideológica extrema. El tejido político es delicado y todos estamos atados a una ideología. Está claro que la “Tradición” no es una ideología, pero el lector, el oyente (en una conferencia, por ejemplo) automáticamente engarza ideología con “Tradición” y es aquí donde hay que decantar ambos términos para que queden claros y que no haya confusiones.
Quizás la pregunta de fondo sería: ¿qué significa “vivir” la Tradición en un tiempo donde todas sus formas visibles han caído en ruina o parodia?
Otra cuestión crucial es: ¿quién se pone en disposición para recibirla?
Y, por último, ¿la Tradición es un “ideal”? La sociedad vive y respira por un ideal, sea el que sea…¡¡este es un grave problema porque no ha vivido otra forma de vida!! Aquí se encuentra en un precipicio existencial: ser o no ser. Si eligen no ser, cualquier ensayo sobra; si elige ser, ya se puede abrir a un nuevo horizonte.
¿La Tradición es un Ideal? Digamos que es arquetipo y realidad a la vez.
- Arquetipo, porque el hombre moderno necesita un norte, un eje. (Aquí no hay discusión)
- Realidad, porque ese eje existe, aunque el mundo entero se aparte. (Que es lo que está sucediendo)
Yo soy muy claro en mis apreciaciones sobre la Tradición: materializarla es corromperla. Cuando se intenta “tradicionalizar” la política, se cae en integrismos, en formas vacías, en “muletas de poder” disfrazadas de sacralidad. Y cuando se intenta “tradicionalizar” la economía o la sociedad con fórmulas externas, se convierte en folclore, en estetismo, en esoterismo de escaparate. Desde mi humilde opinión, la Tradición se hunde en tierras movedizas a partir de nuestra era cristiana. Yo me salgo fuera del eje político porque el riesgo siempre es “rebajar” la Tradición, usarla como bandera ideológica, cuando en realidad apunta a lo incondicionado. Yo rechazo cualquier forma de política actual. Y coquetear con la política y luego hablar de Tradición acaba viéndose el plumero porque todos tenemos una ideología como base. La Tradición primordial no es ni de derechas ni de izquierdas, pero el ciudadano mira bajo su lupa a una de las dos facciones y buscan amoldar la Tradición a sus ideologías.
La Tradición, como ya sabes, (en su sentido primordial, metafísico, vertical) no puede ser diluida, rebajada ni mezclada con sucedáneos modernos sin perder su esencia. Es como un oro puro: si se alea demasiado, deja de ser oro y se convierte en otra cosa.
Muchos intentos de “adaptar” la Tradición a los tiempos acaban siendo traiciones, aunque nazcan de buenas intenciones. Porque la Tradición no es algo que se “acomode” al hombre: es el hombre el que debe elevarse hacia ella y porque hoy día la espiritualidad viene disfrazada (mindfulness, yoga, pilates, zen barato, etc) con otras locuras mentales.
Para concluir, todas estas reflexiones que te menciono han sido, gracias a tu libro. Las líneas maestras que tocas son de muchos quilates: Reconocimiento de la decadencia como crisis espiritual del mundo moderno. Reivindicación de la Tradición Primordial como eje inmóvil que otorga sentido, orden y trascendencia. Crítica a los sistemas modernos como antítesis del Eje (materialismo, igualitarismo, racionalismo, nihilismo). Llamado al despertar interior del hombre diferenciado, que no se adapta al sistema, sino que mantiene intacta la llama del Paraíso perdido. Propuesta de una reconstrucción espiritual activa: imperium, lucha, disciplina, formación.
Álex Capua
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