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Insulae

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Ruinas de una insula cerca del Capitolio en Roma

Las insulae (lit. «islas»; sing. insula) o ínsulas eran bloques de viviendas —normalmente en régimen de alquiler— de varios pisos en la Antigua Roma.[1][2] Eran utilizadas por los ciudadanos que no podían permitirse tener viviendas particulares (domus).[2]

Cómo se vivía en la antigua Roma

Etimología

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La etimología de la palabra “insula” (plural “insulae”) es de origen desconocido. Hay tres posibles teorías sobre su origen: la primera se apoya más que todo en lo fonético, siendo una construcción a partir “*en-sal-o”, lo cual significa algo aproximado a “lo que está en la sal”, de ahí se desprende a “en el mar” y finalmente a “isla” (insula(e)). La segunda, afirma que tiene relación con la palabra “solum”, que significa “tierra”, componiendo una palabra de significado aproximado a “tierra en el mar/tierra en la sal”. La última teoría -la cual es bastante aceptada dentro de la comunidad lingüística- sostiene que no hay origen conocido, pero que muy probablemente viene del protoindoeuropeo, dado que las palabras para “isla” en idioma protocéltico y griego antiguo son muy similares: “*enistī” y “nêsos”, respectivamente. Que “insula(e)” sea de origen protoindoeuropeo es muy probable, dado que no existe ninguna etimología obvia, más allá de las dos ya mencionadas, que son fonéticas.[3]

Desde el siglo XIX, la historiografía ha denominado que el término “insula(e)” se usa para referirse como tal a los edificios de apartamentos en los que vivían las clases medias y bajas de la antigua Roma. En realidad, es una palabra de significado muy ambiguo, dado que su significado original es meramente jurídico, usado para referirse a los bloques completos o manzanas de edificios que se encontraban en las calles de diversas ciudades romanas. Gracias a los hallazgos arqueológicos, es que el campo arquitectónico se ha apoderado del término, relegando al jurídico a plano inferior y más especializado.[4] Existen otras dos ambigüedades de uso menos común: la primera es la insula como un tipo de edificio que no tiene nada que lo rodee en los cuatro costados, mientras que la segunda es como estructura funeraria, de la cual en realidad se conoce más la mención que una probable finalidad de verdad. [4]

Historia

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Origen

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Se estima que las primeras insulae comienzan a surgir hacia el siglo III antes de Cristo en la ciudad de Roma debido al exponencial crecimiento de la ciudad, tanto en su extensión como términos de población, se estima que tenía de 200.000 a 400.000 habitantes. De igual manera, el mayor crecimiento poblacional y el epítome de las insulae se da entre los siglos I-III de la era cristiana, donde se estima que la población de la capital oscilaba entre un 1.000.000 y 1.500.000 de habitantes. Gracias a la enorme cantidad de habitantes de la ciudad, el constante crecimiento demográfico y la densidad poblacional, la solución más simple fue el crecimiento hacia arriba; los edificios llegaban a superar los 20 metros de altura, lo cual era bastante peligroso, al punto que Augusto tuvo que decretar un límite de 18 metros de altura.[5]

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Insulae en Ostia

Como la capital imperial alcanzó su pináculo de poder y población entre los siglos I y III de nuestra era, la demanda crecía para poca oferta de vivienda y servicios, la solución fue aumentar la oferta. En cada insula, en el primer piso solía ubicarse una taberna, tienda y/o termopolio, mientras que los otros pisos eran de residencia. A los apartamentos se les llamaba coenacula, los cuales estaban divididos en tres cuartos: exedra, cubiculum y medianum. La exedra funcionaba como lo que en la actualidad se conoce como sala de estar, el cubiculum era un simple cuarto para dormir y el medianum era algo como una sala compartida para toda la insula, de esta última no se tiene mayor información. Las insulae en promedio tenían de tres a cuatro pisos, pero se sabe que la más alta alcanzó los ocho pisos de altura.[6] En las inmediaciones de la región VIII (Foro romano) y la región XI (Circus Maximus), era donde había mayor congregación de insulae, pues eran zonas populares, además de altamente concurridas por los habitantes de la ciudad, lo que significa que también movían los comercios del primer piso de cada insula. Se estima una cantidad de aproximadamente 46.500 insulae a lo largo de la ciudad para el siglo I de la era cristiana.[6] Otra ciudad romana que albergaba una gran cantidad de edificios era Ostia, ciudad portuaria a 22 kilómetros de Roma.

Evolución

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La historiografía actual trata las insulae no solo como asunto propio de la historia de la arquitectura o la vida cotidiana, sino también desde el derecho, dado que estas eran constantemente rodeadas por asuntos y/o problemas jurídicos varios. En su comienzo, eran edificios de índole más informal, pero con el gran crecimiento que tuvo Roma y con el auge/evolución que tuvo este tipo de vivienda, se comenzaron a regularizar, al menos en papel; muy movido por el peligro que significaban aquellas estructuras para la ciudad, por el riesgo de colapso. El primer acto que se tomó para controlar la situación fue la ya mencionada limitación de Augusto a 20 metros, que posteriormente el emperador Trajano redujo a 17,7 metros a principios del siglo II. También, los propietarios de cada insula tenían grandes responsabilidades legales por la seguridad del edificio, tenían que cumplir varias regulaciones arquitectónicas para el funcionamiento de estos y poder alquilar cada coenacula, aunque no era muy común que hicieran caso a ellas, razón por la cual los incendios y derrumbes eran tan comunes. En lugar de cumplir la normativa, se ahorraban la plata para así tener ganancia personal, ser dueño de una insula era un negocio muy lucrativo, gracias a que la demanda siempre subía. [7]

Construcción y materiales

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Reconstrucción de una insula romana de la ciudad de Ostia, en la que se aprecia que los pisos de abajo tenían entradas más grandes, por los negocios que se ubicaban abajo

Construcción y materiales de las insulae

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Opus caementicium, material principal con el cual se construían las insulae de la antigua Roma

Los propietarios de las insulae solían ser -en la gran mayoría de los casos- senadores romanos que invertían en estas edificaciones como ingreso pasivo, se les conocía como domini insularum. Lo que solían hacer estos propietarios era adquirir terrenos baratos dentro de la ciudad (fuese Roma, Herculano, Pompeya, Ostia o cualquier otra) y construir los edificios con materiales de muy baja calidad, para así tener la oportunidad de construir rápido y a bajo costo, obteniendo ganancias a mayor velocidad; razón por la cual los incendios y derrumbes eran tan cotidianos.[8]Los materiales de construcción por excelencia en las insulae eran el opus caementicium para crear una base sólida (hormigón romano hecho a base de cal, agua, arena y roca), posteriormente se revestía de ladrillo cocido y de ahí se iban levantando los pisos y techos, fabricados a base de vigas de madera y tablas que se encajaban a la fuerza en la argamasa. Al usar una combinación tanto de opus caementicium -el cual es bastante fuerte y resistente- y argamasa, sumado a la gran cantidad de madera ya mencionada, era una de las principales razones de que las insulae se cayeran, además de que dichos materiales no soportaban tantos pisos de altura.[7]

Estructura y jerarquías

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Las insulae tenían de 3 a 6 pisos por lo general, pero algunas llegaban hasta los 7 u 8 antes de las regulaciones de Trajano; cada apartamento tenía entre 3 y 7 cuartos en los que podía habitar una persona o una familia entera. La organización social de los bloques de apartamentos funcionaba en una lógica inmobiliaria contraria a la actual: los pisos de abajo eran los más caros y los de arriba los más baratos, donde vivían los más pobres. La razón no es más que la seguridad y comodidad del inquilino, que podía permitírselo, por ejemplo, los apartamentos de más abajo eran los únicos que podían llegar a contar con letrina propia. Entre más alto el piso, más buscaban los inversores abaratar costos, por lo que los materiales eran más baratos, entonces la probabilidad de derrumbe era mucho mayor, al igual que de incendio.[9]

Condiciones de vida

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Diferencias sociales según el piso

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Los inquilinus de las insulae eran gente desde la “clase media”, hasta la clase más baja posible; a lo largo de sus 3 a 6 pisos, convivían maestros, dueños de negocios pequeños, artesanos, estudiantes, jornaleros, obreros, prostitutas, vendedores y esclavos libertos, son solo una fracción de los tipos de oficios que realizaban las personas que vivían en estos edificios. Cada unidad residencial de piso llegaba a tener hasta tres estancias, las cuales podían albergar entre 40 y 200 personas cada una, lo cual hacía de estos lugares con una muy alta densidad poblacional. El hacinamiento de personas por unidad residencial no permitía que existiese absolutamente ningún tipo de privacidad o descanso, cosa que en realidad no era muy problemática, dado que la vida transcurría por fuera, los apartamentos solo tenían la finalidad de ser lugar de dormir.[10]

Higiene

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En las insulae la higiene era algo prácticamente inexistente. En la mayoría de casos, los apartamentos de pisos altos no tenían baño propio, sino que había una letrina comunal por piso, o incluso solamente una en toda la insula. Esto implicaba tres opciones para los residentes, utilizar la letrina comunal del edificio, las letrinas públicas de la ciudad que se encontraban ubicadas generalmente en las plazas públicas, o la última y más común, hacer sus necesidades en una esquina del apartamento. Que los inquilinus tuvieran que evacuar dentro del apartamento generaba la acumulación de residuos humanos, lo cual fuera del mal olor que dejaba al apartamento, atraía muy fácilmente una gran cantidad de enfermedades y plagas; una vez que la acumulación de deshechos era bastante, la práctica común era agrupar estos y lanzarlos por la ventana de las insulae.[10]

Acceso al agua
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Conseguir agua era otro reto complicado para los habitantes de los pisos altos de las insulae. Eran muy pocos los edificios de este tipo que tenían conexión directa a los acueductos de las ciudades; los pocos que sí contaban con sistema hidráulico conectado directamente al acueducto, naturalmente sólo servían para el primer y si acaso segundo piso, que era donde funcionaban los establecimientos como termopolios, tiendas y lavanderías. La razón de porqué el agua no llegaba directamente a las insulae se debe a que era más importante que esta fuese direccionada a los baños, villas, fuentes, edificios públicos y alguna que otra domus. Para hacerle frente a esta situación, los habitantes de las plantas altas tenían que salir a la calle con grandes ánforas para recolectar agua de las fuentes, siendo un agotador trabajo para quien tuviera que recolectar el agua, debido a que implicaba cargar las ánforas al menos cuatro pisos. Generalmente, era un trabajo del que se encargaban mujeres, niños y esclavos. Al tener que almacenar el agua en recipientes no aptos y en un espacio tan hacinado e insalubre como eran las unidades departamentales, era muy fácil que esta se contaminase y/o se perdiese.[7]

Cocina
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Los romanos de clases medias y bajas solían acudir a termopolios para comer comida caliente, a falta de cocinas en las insulae

Otro de los aspectos que contribuían a la poca higiene y salubridad del espacio, era el asunto alimenticio. Los apartamentos de las insulae no contaban con cocina equipada, por lo que los inquilinos tenían que limitarse a dos opciones, cocinar dentro de la habitación en pequeños hornos portátiles o en braseros de carbón también portátiles, o también acudir a termopolios para poder comer una oferta de comida caliente y bebidas, entre esas el vino. De ambas opciones, la primera era la peor, dado que la preparación hacía ocasionaba que el humo se impregnase en las paredes y deteriorase el espacio, además de que al no tener ventanas, muy difícilmente se iba del todo el olor y sensación. Por el otro lado, al cocinar con fuego sobre un piso de madera, el peligro de que algo salga mal durante la cocción es absoluto, lo cual ocurrió en reiteradas ocasiones, provocando innumerables incendios; gracias a los incendios y derrumbes fue que Trajano reformó la normativa de construcción de insulae a lo largo del Imperio romano.[10]

Insulae en fuentes de época

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Si bien las fuentes de época no suelen mencionar directamente a las Insulae, las descripciones dadas por autores como Vitruvio, Juvenal, Marcial y Tácito, encajan perfectamente con las dinámicas que se sabe que ocurrían con este tipo de edificaciones romanas.

Juvenal menciona en el verso 195 y 200 de la Sátira III de Sátiras “nosotros habitamos una ciudad que se apoya en buena medida en frágiles pilares, pues con un pilar detiene el casero el derrumbamiento, y así que ha tapado la abertura de viejas rendijas nos invita a dormir despreocupados con la ruina encima. Hay que vivir allí donde no hay incendio alguno, ni temor alguno durante la noche. [...] Ya tienes el tercer piso echando humo. [200] Tú ni te enteras, pues si el alboroto empieza en las escaleras de abajo, el último en arder será el que sólo las tejas resguardan de la lluvia, donde las tiernas palomas ponen sus huevos”.[11] Además, de más adelante en el verso 225, escribe “pagas en el alquiler de un año por un agujero tenebroso. En estas ciudades dispones de huerto y un pozo nada profundo de donde no tienes que extraer con soga el agua que con fácil canalización se difunde en las tiernas plantas”.[11]

En Epigrammata de Marcial, en el liber I, epigrama 117 (Una librería), le responde a un Luperco acerca de la entrega de un propio y un libro de epigramas, a lo que Marcial responde “No es necesario que molestes a un esclavo. Está lejos, si quiere venir hasta El Peral, y además vivo en una tercera planta, pero alta”.[12]

El historiador y político, Tácito, hace en el libro XV una mención superficial a las insulae en Annales, cuando menciona los incendios de Roma del 64 de la era cristiana.[13]

Referencias

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  1. «Las insulas, los edificios romanos de varios pisos de altura». www.imperivm.org. 25 de mayo de 2020. Consultado el 10 de noviembre de 2023.
  2. 1 2 «Ínsulas. Pisos de la Antigua Roma | tiovivo creativo». 25 de septiembre de 2018. Consultado el 10 de noviembre de 2023.
  3. Vaan, Michiel de (2008). Etymological dictionary of Latin and the other italic languages. Leiden Indo-European etymological dictionary series (en inglés). Brill. p. 306. ISBN 978-90-04-16797-1.
  4. 1 2 Storey, Glenn R. (2004). «The Meaning of "Insula" in Roman Residential Terminology». Memoirs of the American Academy in Rome 49: 55. ISSN 0065-6801. doi:10.2307/4238817. Consultado el 19 de mayo de 2026.
  5. Connolly, Dodge, Peter, Hazel (1998). «Casas y Pisos». En Acento Editorial, ed. La Ciudad Antigua: La vida en Atenas y Roma clásicas. Acento Editorial. p. p.138. ISBN 84-483-0329-6. Consultado el 20 de mayo de 2026.
  6. 1 2 Harvey, L. (2013, 12 10). Imperial Rome: A City of…Rental Property. ARTH 699: Roman Topography, 15. https://www.academia.edu/33603849/Imperial_Rome_A_City_of_Rental_Property
  7. 1 2 3 Morales, Elisabet Barreiro (2025). «La arquitectura privada en la antigua Roma: insulae y domus desde una perspectiva juridica y técnica». Revista de Estudios Histórico-Jurídicos (47): 116. ISSN 0717-6260. doi:10.4151/ISSN.07176260-Num.47-Fulltext.1338. Consultado el 20 de mayo de 2026.
  8. Morales, María Elisabet Barreiro (28 de octubre de 2025). «Las insulae como forma de explotación urbana». Revista de Derecho UCLAEH 4 (4): 8. ISSN 2982-4257. doi:10.70640/rdclaeh.4.4.1. Consultado el 20 de mayo de 2026.
  9. Métraux, Guy P. R. (1999). «Ancient Housing: "Oikos" and "Domus" in Greece and Rome». Journal of the Society of Architectural Historians 58 (3): 300-400. ISSN 0037-9808. doi:10.2307/991533. Consultado el 20 de mayo de 2026.
  10. 1 2 3 Morales, María Elisabet Barreiro (28 de octubre de 2025). «Las insulae como forma de explotación urbana». Revista de Derecho UCLAEH 4 (4): 8. ISSN 2982-4257. doi:10.70640/rdclaeh.4.4.1. Consultado el 20 de mayo de 2026.
  11. 1 2 Juvénal; Segura Ramos, Bartolomé (1996). Sátiras. Alma Mater. Consejo Superior de Investigaciones Cientificas. ISBN 978-84-00-07613-9.
  12. https://www.melchordemacanaz.es/dlll/ESQUEMAS/pdf/Marcial-Marco-Valerio-Epigramas.pdf
  13. Tacitus, Cornelius; Moralejo, José (1980). Anales: libros XI-XVI. Biblioteca clásica Gredos. Gredos. ISBN 978-84-249-3544-3.

Enlaces

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Enlaces externos

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