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Lin Yutang, filósofo pragmático y sonriente

BERJAYA

Por Llorenç Vidal

Mi primer contacto con la literatura china, más allá de las nociones básicas de los libros de texto, fue la lectura del «Tao-Teh-King» en la traducción -bellísima traducción- realizada por el mallorquín Cristóbal Serra y el primero con la cultura india fueron las dos conferencias pronunciadas por Lanza del Vasto en Barcelona en los inicios de los años 60 en la Escuela de Peritos Industriales y en los Capuchinos de Sarrià sobre la no-violencia. Y fue al final de esta segunda conferencia cuando conocí personalmente a Shantidas, gracias a la mediación de nuestro común amigo el poeta catalán Miquel Arimany, que nos presentó. Después vino la profundización en las culturas orientales, y en esta profundización hay tres títulos y tres nombres para mí inolvidables: «Gandhi, su pensamiento y su acción» de Camille Drevet, «La Peregrinación a las Fuentes» del ya citado Lanza del Vasto y «La sabiduría de China y de la India» (antología de textos clásicos) de Lin Yutang.

Con Lin Yutang -filósofo, erudito, traductor y, junto con Mateo Ricci, Allan Wats y Pearl S. Buck, el más importante divulgador del pensamiento de China en Occidente- son numerosos los puntos que me hermanan a la vez que también son numerosos los que me separan. Y el principal centro de convergencia, más allá de las diferencias concretas de opinión, es su idealismo pragmático y su alegre aceptación de la vida tal como se nos presenta en nuestra circunstancia vital, lo que es fuente de sereno gozo y de apacible felicidad. En relación con este idealismo pragmático en la construcción de nuestra filosofía personal de la vida, Lin Yutang consideraba que «el más alto ideal al que el hombre puede aspirar no es a ser un dechado de virtudes, sino a ser solamente un ser humano jovial, grato y razonable».

Nacido en 1895 en China continental e hijo de un pastor protestante nativo, pasó gran parte de su vida en occidente, donde realizó estudios, vivió y escribió la mayor parte de su obra en inglés, de ahí la gran repercusión de sus escritos. Abandonó el cristianismo en favor de un paganismo difuso durante más de treinta años y después retornó a su iglesia evangélica. Su muerte acaeció en Taiwán en 1976. Él mismo nos narra el proceso de regreso a la religión de su niñez en «De pagano a cristiano», donde confiesa que «el enfoque dogmático» le «dificultaba -como creo que lo hace para muchos hombres modernos- escuchar la voz interna de la fe». Sin embargo esta obra, muy valorada en los ambientes confesionales, no es lo más expresivo de su producción, en la que hay títulos tan destacados, entre otros, como «Mi patria y mi pueblo», «La importancia de comprender», «La sabiduría de Confucio», «La sabiduría de Lao-Tse», el ya citado «La sabiduría de China y de la India», y, sobre todo, «La importancia de vivir», uno de sus libros más conocidos y una síntesis, a veces un poco prolija y algo confusa, de su pensamiento humanista, un pensamiento humanista que no se contradice, sino que es complementario de su posterior visión cristiana de la vida y aunque algunas de sus afirmaciones parezcan contradictorias son, a mi modo de ver, solamente paradójicas y pueden ser consideradas como dos momentos, la tesis y la antítesis, de un proceso dialéctico inacabado.

Siempre he considerado a Lin Yutang un maestro en el arte de afrontar la vida sonrientemente a pesar de las dificultades con que uno se tropieza, un arte no siempre fácil, pero sí siempre compensador. Nos cuenta su hija Lin Tai-yi en «The life of Lin Yutang», que un día, estando sentada con él en la terraza de su jardín, después de hablar sobre su creencia en la transitoriedad e intrascendencia de la vida, de esta vida que al final se extinguirá «como la llama de una vela», le preguntó que, si es transitoria, cuál es el sentido de la misma, a lo que su padre le respondió: «Siempre he considerado que el objetivo de la vida es el verdadero disfrute de ella». Y después añadió: «Cada vez que el poeta Su Tung-po se topaba con tristezas o frustraciones, les hacía frente con una sonrisa».

Son muchos los pensamientos contenidos en sus obras merecedores de ser destacados, bien por la belleza de su expresión, bien por ser un acicate que nos lleva a enfrentarnos con nuestra propia realidad; no para que los aceptemos textualmente, sino para que comience en nosotros un proceso reflexivo a partir de sus observaciones. Si para concluir este artículo tuviera que seleccionar uno con el que me identifique plenamente escogería aquel en el que afirma: «Quiero libertad para ser yo mismo». Sí, y esto es ya una precisión mía, libertad para ser yo mismo, sin imposiciones dictatoriales de ninguna clase, bajo mi responsabilidad personal y respetando la naturaleza, la vida y los derechos de todos los seres.

Llorenç Vidal

(Última Hora, Palma de Mallorca, 7 de junio de 2008)

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