Reflexiones ociosas sobre arte, conocimiento y educación
Palle Harding, Model for a Qualitative Society
[texto de 2005...]
Le joli mai (1962) de Chris Marker es un ensayo cinematográfico que documenta la modernización de la sociedad francesa en pleno periodo represivo y tumultuoso de la guerra de independencia de Argelia. En mitad de ese personalísimo inventario del cambio social que es el film hay una entrevista preparada, con dos ingenieros que con gran clarividencia describen el futuro tecnológico que se despliega ante sus ojos. Como ellos explican, ya están inventadas las máquinas que harán innecesario el trabajo; trabajar pasará a ser cosa del pasado. Las jerarquías actuales abandonarán sus necesidades materiales y surgirá una civilización del tiempo libre, de ocio para todos. ¿Por qué, entonces, pregunta el entrevistador, actúan todos como si nada hubiera ocurrido? Desconcertado, uno de los ingenieros replica: “Puede que en el futuro el mundo se divida en dos bandos fatalmente opuestos: los iniciados y los no iniciados. Está claro que esto es un problema… No un problema técnico, sino un problema de conciencia. Ahora la tecnología permite que los seres humanos sean libres. ¿Por qué entonces no quieren ser libres? No sé la respuesta. A decir verdad, no tengo la menor idea.”
Las utopías de los años sesenta surgieron de este tema del ocio conquistado tecnológicamente que abre espacios al esparcimiento civilizatorio, como describió el autor holandés Johan Huizinga en su Homo ludens. Tal vez la imagen más extraordinaria de esos sueños es la proporcionada por las ciudades fluctuantes de la Nueva Babilonia elaboradas como modelos a escala por el arquitecto Constant: una proliferación infinita de construcciones experimentales que serpentean por la campiña europea, siempre inacabadas, ofreciéndose a ser ocupadas retozonamente por sus habitantes, quienes si lo desean pueden dejarlas sin más para perderse en la naturaleza circundante. Mientras, en el subsuelo, en galerías subterráneas que nadie se ha tomado la molestia de describir, toda la producción necesaria para subsistir es llevada a cabo por robots.1 Por esa misma época Guy Debord, amigo de Constant y lector de Huizinga, escribía sobre “la batalla del ocio que tiene lugar ante nuestros ojos” y apelaba a los artistas para “posicionarse a favor de lo que nos traiga el futuro reino de libertad y recreo”. Según explicaba él, “obteniendo mediante la presión colectiva un pequeño incremento del precio de su trabajo por encima del mínimo necesario para la producción de ese trabajo, el proletariado conseguirá no sólo ampliar su poder combativo, sino también la extensión del campo de batalla. Surgirán entonces nuevas formas de esta lucha al lado de los conflictos directamente económicos y políticos.”2 La técnica de la deriva (dérive), la ciencia de la psicogeografía, las formas del urbanismo unitario y la construcción de situaciones serían los instrumentos de esta ampliación de la lucha hacia nuevos terrenos de la cultura. Se trataba de superar la pasividad, de prender la mecha de un protagonismo nuevo dentro de los campos del solaz civilizatorio. Con todo, esos instrumentos albergaban también la posibilidad de una mala utilización, como demostraría una industria cultural regresiva y comercializada. El complemento crítico a la estética situacionista sería un análisis de la mercantilización de la conciencia en la sociedad del espectáculo.
Hoy en que la “batalla del ocio” suena a retórica risible y añeja, se ha hecho realidad en buena medida el sueño tecnológico de los dos ingenieros de Marker, al menos en los centros globales de acumulación. Lo que más llama la atención es el pequeño número de personas que quieren enterarse de ello. La economía postmoderna de la información pulsa ante nosotros, con sus palabras, sonidos, imágenes y ámbitos; un envoltorio semiótico construido de pura imaginación y, como tal, a disposición de todos. En los últimos cinco años diversas alteraciones del espacio político-cultural han revelado cómo los instrumentos de esa economía pueden ser reapropiados, transformados y desviados hacia otros usos. La experimentación con internet ha ido inseparablemente ligada a un rebrote de la democracia radical, esta vez a escala transnacional. Las protestas de calle, en constante aumento en cuanto a dimensiones y energía desde el cambio de siglo, han visto un reflorecimiento del arte de las situaciones construidas.3 Las propias instituciones estéticas —cuyas funciones normativas serán tratadas más abajo— parecen verse envueltas otra vez en un intenso debate acerca de la validez del arte y las vías de su expansión fuera de los cauces tradicionales. Pero cuando las exigencias conservadoras de nuevas formas de control de la ciudadanía ganan en legitimidad bajo la sombra del 11 de septiembre, surge una pregunta ante el millón de mentes insurrectas de hoy: ¿volverá a caer un manto de represión sobre la incipiente sociedad mundial a medida que el instrumental postmoderno sea progresivamente aventajado por mecanismos de vigilancia y entorpecido por leyes de propiedad intelectual, mientras los comportamientos disidentes son aplacados y normalizados dentro de marcos corporativos? ¿O será un activismo resurgente capaz de aprender de sus pasados errores y poner en marcha técnicas nuevas y más efectivas para la transmisión libre y abierta de saberes contraculturales? ¿Cómo ensanchar el círculo de iniciados? ¿Cómo incrementar las posibilidades de participación activa? ¿Cómo —y dónde— ampliar los campos de batalla?

















